Hacía mucho tiempo que la directora escocesa Lynne Ramsay no dirigía una película. Desde su última Morvern Callar (El viaje de Morvern) en 2002, con la que ganó su primer galardón en el Festival de Cannes -el Premio de la Juventud, y de eso hace ya nueve años- no habíamos visto nada nuevo de la responsable de uno de los debuts más estimulantes de finales de los 90, Ratcatcher (1999). Y el año pasado volvió por la puerta grande al certamen de la Croisette, con una película que había levantado grandes expectativas desde que se supo que sería el próximo proyecto de la directora, y sobre todo, desde que se hizo público que Tilda Swinton -en nuestra opinión, y la de muchos, la actriz más interesante que actualmente esté trabajando simultáneamente en Hollywood y en Europa- la produciría y protagonizaría. Y, sin embargo, tanto Lynne Ramsay como Tilda Swinton, que presentaron su bebé en la segunda jornada del festival francés, se fueron de vacío a su Gran Bretaña natal. Los críticos hablaron tras la gala de clausura -que encumbró a El árbol de la vida, de Terrence Malick- sobre el posible peso negativo que tuvo en la decisión del jurado el rápido y poco reflexionado arrojo de la prensa al vaticinar que Tenemos que hablar de Kevin podría hacerse con la Palma de Oro de la edición del 2011. Pero hasta Swinton, que sonaba con gran fuerza para hacerse con el premio a la mejor interpretación femenina, vio como el galardón iba a parar a Kirsten Dunst, por su también impecable interpretación en Melancolía, de Lars von Trier. ¿Injusto? Como todas las películas, Tenemos que hablar de Kevin tiene sus fallos, pero también sus grandes virtudes. La cinta supone la obra más diferente de la filmografía de Ramsay y llega a España, por fin, el 16 de marzo.
Tenemos que hablar de Kevin es la adaptación del best-seller homónimo de la periodista y escritora americana Lionel Shriver. La novela es la historia de Eva (Swinton), una mujer satisfecha consigo misma, autora y editora de guías de viaje, casada desde hace años con Franklin (John C. Reilly), que decide, con casi cuarenta años y tras muchas dudas, tener un hijo. Ese hijo será Kevin (el joven Ezra Miller, durante su adolescencia), quien parece que, sin motivo alguno, y ya desde su nacimiento, estará predestinado a tener una relación increíblemente difícil con su madre: la ignorará, la desobecerá, la odiará. La novela, y la película, indaga así en la ambivalencia de la maternidad, la dificultad de saber llevarla a cabo, y, sobre todo, la eterna duda, que acecha constantemente, sobre si los sentimientos, las actitudes y los actos del hijo son directamente responsabilidad de los padres. La historia no es la del hijo, Kevin, sino la de la madre, Eva, a través de cuyos ojos asistimos a la debacle de una vida familiar de ensueño: Eva desciende a los infiernos en el momento en que su hijo comete un crimen atroz y, desgraciadamente, bastante de moda. ¿Y cómo nos lo cuenta Ramsay?
Mamá, el monstruito y todos los demás
Tenemos que hablar de Kevin decide contarnos su historia desde el final. Comenzamos a conocer a Eva tras su catástrofe personal: una otrora exitosa mujer recluída en una casa destartalada en la que vive sola y de la que solo sale para ir a trabajar en una pequeña agencia turística en una ciudad cercana a la prisión en la que se halla encarcelado su hijo. Eva es una mujer cuya existencia no tiene sentido ni rumbo, una mujer que lo ha perdido todo y no tiene nada más de lo que deshacerse: mientras intenta vivir lo que le queda de tiempo, recupera los recuerdos -que vemos en flashbacks- de su agradable vida anterior a la decisión de hacerse madre. Los de Eva eran días de despreocupación y alegría -incluyendo hasta una tomatina en Buñol- hasta su embarazo y el nacimiento de su primogénito. Tras alejarse de sus pasatiempos para cuidar de su bebé, problemático desde el momento de su primera respiración -sus lloros son incesantes y estridentes y su falta de afecto es alarmante-, Eva se ve inmersa en una pesadilla, un desconcertante viaje en la que la preocupación por su hijo y lo que pueda llegar a hacer la sobrepasa, la ignorancia de su marido la aterra y el sentimiento de que todo se le va de las manos la aturde. Kevin es un producto de la sociedad postmoderna, y Eva -que no es una madre perfecta, pero quién lo es- es su fabricante: no siente apego por nada, no aprecia nada, odia irracionalmente todo lo que se le cruza por delante, hasta que consuma sus espeluznantes deseos. Con todo lo que se le ofrece, Lynne Ramsay expone los hechos y las sensaciones de unos personajes envueltos en una historia tan tremebunda como indeseable. Pero no lo hace desde una perspectiva plana y estrictamente narrativa: Tenemos que hablar de Kevin es, tal y como las sensaciones de Eva, una pesadilla, un viaje a través de la oscuridad del drama personal, un hipnótico y molesto cuadro impresionista sobre lo que una mujer aterrada percibe en una situación durísima y altamente incómoda. Y la interpretación de Tilda Swinton de esa mujer aterrada es sencillamente brillante, y una de las mejores de su carrera: se hizo con un merecido Premio del Cine Europeo y su exclusión de los Oscar levantó ampollas. La propia Swinton declaró a The Guardian que ella misma, durante su infancia, intentó “matar” a su hermano pequeño porque “tenía ya otros dos hermanos -chicos- mayores, y era demasiado para soportar”. Sabemos que es una anécdota sin apenas significado, aunque nos gusta pensar que quizá por ello la inglesa era la actriz perfecta para la película. Su conexión con el personaje es en todo momento impresionante, lo que nutre al filme de una profundidad y una referencia personal que centra el metraje y ayuda a mantener sus pies en la tierra.
La adaptación fílmica de la novela de Lionel Shriver, que recoge la historia en cartas que la propia Eva escribe a su marido tras el crimen de su hijo, huye del exceso de palabrería y diálogo y se concentra en todo lo contrario. Su sólido suspense se consigue a través de imágenes, sensaciones, movimientos de cámara y la reconstrucción por partes de lo sucedido. El dolor, la culpa y la vergüenza de su protagonista -cuya importancia solo deja espacio en la cinta para unos personajes secundarios algo vacíos, a excepción del hijo en cuestión- inunda todos y cada uno de los fotogramas. Y los hechos que generan estos sentimientos son prácticamente periféricos. Tenemos que hablar de Kevin es, en última instancia, un retrato de la destrucción de todos los pilares que mantienen en pie la vida de una persona.
Un cine de texturas (y tela escocesa)
Lynne Ramsay es una de las directoras más respetadas del panorama actual, aunque haya firmado solo tres obras: Ratcatcher (1999), Morvern Callar (2002) y Tenemos que hablar de Kevin. Tras su educación en su Glasgow natal, y su graduación en la National Film and Television School de Reino Unido, sus tres cortos -el primero de ellos, su proyecto de fin de carrera- se hicieron cada uno con su respectivo premio en la categoría de cortometrajes del Festival de Cannes: ahí es nada. Con su largometraje debut, Ratcatcher, la deliciosa historia impregnada de realismo mágico de un niño de 12 años durante el verano de 1973 en Glasgow, gustó mucho en Un Certain Regard y en los BAFTA británicos. Y su segunda película, Morvern Callar (El viaje de Morvern), sobre una cajera escocesa -interpretada por Samantha Morton- que tras la muerte de su novio escritor decide empezar una nueva vida en Ibiza, afianzó su especial mirada capaz de retratar de la mejor manera las historias de personajes a la deriva. Durante estos últimos nueve años, Ramsay estuvo largamente unida al proyecto de The Lovely Bones, que iba a realizar, y se separó de él en cuanto las grandes productoras -y entre ellas, la de Peter Jackson, que acabó dirigiendo la cinta- empezaron a meter mano y provocaron que el resultado fuese un fracaso estrepitoso. Y tras ello, decidió tomar las riendas de la película que nos ocupa. La filmografía de Ramsay parte de su Escocia natal, la que conoció y analizó, para, como en Ratcatcher, crear fábulas que parten del más duro realismo social, o, como en Morvern Callar, narrar extraños viajes de personajes encerrados en una vida de la que quieren escapar. Aunque, tal y como Ramsay declaró, “Tenemos que hablar de Kevin es un proyecto maravilloso para mí, pero completamente diferente del resto de mi trabajo”.
Ramsay es la propia guionista de sus obras, y en sus dos últimas, ha contado con la ayuda de co-escritores para llevar las novelas en las que se basan a la gran pantalla, en donde la directora da rienda suelta a sus grandes aptitudes. Su cine es un cine de texturas, colores y sensaciones, que cubren y a veces casi esconden la línea narrativa de sus obras. El talento plástico de Ramsay es envidiable, y es capaz de crear interesantes e innovadoras puestas en escena, a las que la perfección en la fotografía y en la música -en Tenemos que hablar de Kevin, la imagen de Seamus McGarvey y la brillante banda sonora del integrante de Radiohead Jonny Greenwood, con temas de Buddy Holly, The Beach Boys o Wham! incluidos- contribuye de una manera imprescindible. En su último film, todas las piezas encajan perfectamente para conseguir una obra muy buena, cuyo visionado supone un mazazo en la cabeza del espectador, del que no se puede olvidar en poco tiempo. ¿Será culpa de Ramsay, de Kevin, o de su madre?
- David González
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Preciosa fotografía, muy buena película del mes chicos!
Publicado por Sientelafiebre | marzo 8, 2012, 12:38 am¡Muchas gracias! La verdad es que Tenemos que hablar de Kevin tiene una fuerza visual muy grande, te recomendamos ver el resto de filmografía de Lynne Ramsay si no la has visto, ¡te puede gustar mucho!
Publicado por los35milimetros | marzo 10, 2012, 12:45 pm