El genio Lars von Trier -genio, sí- vuelve este año a aportar una gran obra maestra al cine contemporáneo más allá de las conciencias que pretenda remover o las polémicas que los medios quieran crear alrededor de su excentricidad ególatra y sus declaraciones incendiarias -prácticamente superfluas en su caso, nos atreveríamos a decir, puesto que, una vez más, se infravalora una joya fílmica por culpa de (o gracias a) reacciones algo desmesuradas-. Un injusto palmarés de Cannes no le prestó mayor atención que a su magnífica protagonista Kirsten Dunst (Premio a la Mejor Actriz) y prefirió premiar a películas de las que no dudamos de su calidad, pero sí de su superioridad (Polisse, de Maïwenn Le Besco, por ejemplo). Pero una vez más, desde un punto de vista crítico, no se debe tomar la concesión de premios en un festival literalmente como lo mejor y más notable de su selección, puesto que al fin y al cabo, solo atiende a las decisiones de un jurado designado por la dirección. Melancolía es fácilmente de lo mejor que se podrá ver en un cine este año, aunque como pasa de costumbre con el cine de autor, no tenga más repercusión en las salas comerciales que la última de Roland Emmerich o la pre-pos-secuela de Resacón en Las Vegas. Eso sí que debería ser una polémica retratada y alimentada por los medios.
Justine (Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgård) celebran su boda con una suntuosa fiesta en casa de su hermana (Charlotte Gainsbourg) y su cuñado (Kiefer Sutherland). Mientras tanto, el planeta Melancolía se dirige hacia la Tierra… Así comienza la sinopsis de una película de la que poco se puede decir que no se haya dicho ya. Poco se puede explicar que no se conozca ya sobre su trama, su estilo cinematográfico, su personal visión del apocalipsis tanto personal como terrenal y universal, la depresión -una de muchas- por la que atravesaba von Trier durante su creación, etc.
En este planeta
Justine es una radiante joven enfundada en su traje de novia preparada para casarse con el apuesto Michael -no menos que el ultraadmirado Eric Northman de True Blood (por otros méritos diferentes al de la interpretación)-. Quién no querría algo así. Pues Justine. Dunst representa brillantemente a una joven que lo tiene (casi) todo y a la que su ánimo le impide disfrutar de ello. Y decimos (casi) todo porque en el reverso de la postal las cosas son diferentes. Sus padres están divorciados: su madre (Charlotte Rampling) es la rebelde señora enajenada con el mundo, las convenciones sociales e incluso su propia familia; su padre (John Hurt) es el payaso que elude toda responsabilidad familiar e incluso ética, escapando de todo lo posible en una suerte de segunda juventud. Claire (la siempre notable Gainsbourg) es su hermana maniática, seria y controladora; el marido de esta, John (Sutherland) es la fría y egoísta figura masculina. El maravilloso trabajo que tiene Justine, en el que acaba de ser ascendida, está dirigido por Jack (Stellan Skarsgård), un ávaro y rastrero jefe con arduos deseos de éxito y poder, y cuenta con Tim (Brady Corbet), un becario sin cabeza contratado para exprimir la de Justine hasta dejarla sin nada. A medida que las condiciones forman la situación, Justine se ve más y más perdida, haciendo referencia a la “niebla gris” a través de la que va caminando con dificultad, la depresión que suponemos viene de lejos y de la cual no se puede recuperar. Y entre tanta niebla gris, descubre una nueva estrellita en el cielo. Un nuevo planeta que se acerca peligrosamente a la tierra. Y qué casualidad, ese planeta se llama Melancolía.
Esta es la primera incursión de Lars von Trier en la ciencia-ficción, aunque si alguien nos preguntase que le recomendásemos una película del género, no podríamos ni pensar en nombrarla. Aquí, la ciencia ficción no es más que una mera excusa para representar los anhelos de la depresión, la persona sumida en la catástrofe a la que ninguna catástrofe mayor puede ya aterrar. El nuevo planeta es una excusa para retratar el nuestro -y nuestros planetas interiores- de una manera totalmente diferente. Justine solo quiere que todo se acabe, que todo se pare, y, como buena depresiva, que no quede nada, que no haya salvación para nadie, que todo el mundo desaparezca. Todo. Y qué mejor que el armaggedon más bonito del cine. La película, dividida en dos actos (Parte 1: Justine -la boda y la destrucción de Justine- y Parte 2: Claire -la desesperación y la destrucción de la Tierra-), sume al espectador en una horrible sensación de desesperanza, de angustia vital y tétrica desolación ante un final inminente e inevitable.
El apocalipsis entra por los ojos (y por los oídos)
Entre tanto acongoje y tantas ganas de cortarse las venas mientras asistimos a lo que asistimos, la película ofrece unas maravillas visuales que pocos directores podrían crear. Melancolía no sería Melancolía sin su fuerza visual, sus imágenes poderosísimas, y sobre todo, bellísimas. Se ha leído por ahí de boca de algún crítico que su introducción es de lo mejor que se ha hecho en el cine en mucho tiempo. Y no es para menos. Los 10 minutos de imágenes super ralentizadas, con una fotografía perfecta y casi extraterrestre -en boca del Cahiers du Cinéma, a luz de un sol negro-, asombran y al mismo tiempo asumen ellas mismas el papel de ser asombrosas. Su introducción es una suerte de minipelícula perfectamente sólida y fascinante que no hace sino encumbrar a su hermana mayor.
Lars von Trier utiliza a lo largo del resto del filme unas imágenes cautivadoras, que contrastan con su cámara al hombro al más puro estilo dogma y la estupenda fotografía del chileno-danés Manuel Alberto Claro. Entre ellas destaca el interludio en el que enseña imágenes del universo, de fascinantes nebulosas coloridas, que de no ser porque el danés sufre de una gran megalomanía que seguramente le impide ver una película de un director contemporáneo que le pueda suponer competencia, serían la perfecta respuesta a las imágenes de la creación del universo de Terrence Malick en El árbol de la vida (2011). Trier es a la vez capaz de relacionar sus estados anímicos -un eufemismo que viene a decir “su depresión autodestructiva”- con la belleza de las imágenes, ya sean originales o inspiradas en obras pictóricas de a lo largo de toda la historia. El director danés alimenta el significado de su obra con estas obvias referencias, y ya no solo meramente visuales, sino también a más profundidad. Podemos ver a Dunst emulando el Ofelia (1852) de John Everett Millais o obras como Los cazadores en la nieve (1565) de Pieter Brueghel el Viejo. En la película se conectan los mundos personales con la historia europea, con su arte y sus tradiciones. Y qué mejor nexo con Europa que la selección de el preludio de Tristán e Isolda, ópera de Richard Wagner, como la histérica y grandilocuente banda sonora, que se repite una y otra vez durante la película. Por esto hemos de añadir que el compositor alemán es conocido también por ser ídolo confeso de un hombrecito con el que Trier hizo las “bromitas” en Cannes, Adolf Hitler. Para que sea todo mucho más apocalíptico.
Controversias y genialidades vs. controversias y genialidades
La filmografía del director danés (fundador de la productora Zentropa, cuya penúltima producción Hævnen (En un mundo mejor) de Susanne Bier, se hizo el año pasado con el Oscar a Mejor Película Extranjera, algo que nunca se llevaría Trier) destaca por su transgresión -muy a menudo tildada de “supuesta”, y más a menudo, de “pretenciosa”, “prescindible” y “cargante”-, su originalísimo planteamiento, las controversias que van ligadas a sus obras, y la incorrección de sus propuestas. A su pase en Cannes, Melancolía suscitó críticas que iban desde la incredulidad ante el film hasta la crítica a la personalidad de Trier antes que a la calidad de la película. The Guardian decía tan pancho que “una vez más, Von Trier ha escrito y dirigido una película completa con su sonrisita de suficiencia habitual (…) Quizás esta película es (…) un tipo de terapia que implica transferir su depresión al público”, mientras que medios patrios como La Razón o El Mundo defendían que “el conflicto de la película obedece a la literalidad de sus imágenes: todo es superficial en ella, no hay nada debajo de su corteza terrestre” o “Melancolía quiere ser, de nuevo, un ejercicio de vaciado pero le falta vértigo e incorrección”, respectivamente. Claro está, todas las opiniones que provoca el film son totalmente válidas, y sobre todo cuando se trata de la obra de un director tan ensimismado con su genialidad que todo lo demás pasa a un segundo plano. Por nuestra parte, y la de bastantes más medios, “Melancolía” supone la depuración total de la obra del realizador, dejando de lado experimentos sociales y transgresiones anticonvencionalistas, y alcanzando su cénit cinematográfico focalizando su trabajo en las emociones, en el mundo personal -aunque sea el suyo propio- y en la belleza que es capaz de conseguir desde la más horrible situación posible. Melancolía supone una obra maestra y una creación única que pocos -por no decir ninguno- directores podrían llegar a alcanzar. Y más allá de sus ínfulas, sus megalomanías o sus “sonrisitas de suficiencia”, las genialidades del señor Lars brillan por sí solas. Nosotros, ante un film tan angustioso, terrible y depresivo -y con uno de los finales más devastadores de la historia del cine-, no podríamos estar más contentos.
- David González
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