Francia es ese país en el que se comen baguettes y croissants y cuyo presidente es un tipo bajito con una mujer ex modelo que hace sus pinitos como actriz. En Francia están el Louvre, el palacio de Versalles y el Mont Saint Michel. Son muchos los franceses ilustres que destacan en diferentes ámbitos: el futbolista Zinedine Zidane, la actriz Isabelle Huppert o el dj David Guetta (hay franceses para todos los gustos). En Francia está París, la ciudad de la luz y el amor, un lugar grandioso en cuyos suburbios viven, un tanto alejados de la majestuosidad de la capital, los trabajadores de las clases más desfavorecidas, grupo formado en un amplio porcentaje por inmigrantes. En el país que se esconde detrás de los Pirineos hay pocos gitanos rumanos, Sarkozy desmanteló los campamentos en los que vivían y los envió con billete de ida a su país. Francia es un país del que se podría hablar infinitamente, tiene una historia muy rica, una vida cultural palpitante y actualmente juega un papel primordial en las relaciones internacionales. Quizás por eso el cine francés sea uno de los más interesantes del mundo, cada año la cosecha cinematográfica gala ofrece títulos de gran interés, la variedad es increíble: las películas de autores como Oliver Assayas, François Ozon o Claire Denis comparten protagonismo con títulos como Asterix y Obelix o el biopic de Coco Chanel. Los espectadores apoyan el cine que se hace en casa y por eso los datos en taquilla de las películas francesas hacen que en España nos retorzamos de envidia. Los franceses no entienden de complejos y saben hacer películas de calidad que consiguen llegar al gran público. Un ejemplo claro de la capacidad de nuestros vecinos para hacer grandes películas accesible para todo tipo de espectador se estrena este mes en España, su título es Declaración de guerra y es nuestra película de febrero.
La guerre est déclarée (Declaración de guerra en su traducción al español) es una cinta que mezcla géneros pero cuya trama gira en torno a un hecho dramático. Dos protagonistas, Roméo y Juliette que, como no podía ser de otra manera, se enfrentan a la tragedia, que en este caso se manifiesta en forma de enfermedad, en concreto un tumor cerebral que pone en peligro la vida de su pequeño hijo, Adam. Desde luego la premisa de la película es abrumadora, una joven pareja con un niño pequeño que ve como su vida se para en seco por un hecho muy desgraciado. Qué peligroso es atreverse a contar una historia así, es tan fácil caer en tópicos, perder el control de las emociones y acabar haciendo un dramón lacrimógeno plagado de sentimientos de todo a cien. A la vista del resultado final está claro que la directora, Valérie Donzelli, ha sabido sortear los peligros, y prueba de ello son los numerosos reconocimientos que la cinta ha recibido: fue seleccionada para representar a Francia en los Oscar, se llevó tres premios en el Festival de Gijón (mejor película, actor y actriz) y acumula seis nominaciones a los premios César.
La vida como argumento
Antes hablábamos de lo complicado de sacar adelante una película partiendo de una premisa tan dramática, bien, ¿qué pasa entonces si los acontecimientos en cuestión se basan en tu propia vida? Eso es lo que ocurre en Declaración de guerra. Juliette es el alter ego de Valérie Donzelli, directora, guionista y protagonista femenina de la cinta; y detrás de Roméo se esconde en realidad Jérémie Elkaïm, protagonista masculino y también guionista. Estos dos jóvenes actores franceses fueron pareja hace años, tuvieron un hijo juntos e hicieron frente a su enfermedad cuando apenas era un bebé. ¿Estamos ante una muestra de exhibicionismo impúdico? Nada más lejos, la película es muchas cosas, puede recibir infinidad de calificativos pero en ningún momento es exhibicionista: todo lo contrario. Una vez vista y digerida Declaración de guerra y después de conocer la historia personal de sus responsables uno no pude sentir más que admiración y respeto. La película funciona al mismo tiempo como un ejercicio de catarsis y como homenaje, la cinta es una especie de celebración de la vida, de la capacidad de las personas para salir adelante y no renunciar a la felicidad incluso en los momentos más oscuros.
Durante las entrevistas y ruedas de prensa de presentación de la película Donzelli se ha cansado de repetir que Declaración de guerra parte de su historia personal pero no es un film autobiográfico. Esa puede ser la clave de la naturalidad de la cinta, la realizadora sabe perfectamente de lo que habla pero entre ella y la historia se establece una especie de barrera que marca distancias, y permite que la cinta respire y no resulte en ningún momento abrumadora. Más que la historia de una pareja que lucha por superar la enfermedad de su hijo, la película cuenta la historia de dos jóvenes que se conocen en una fiesta y se enamoran, con el tiempo la relación se estabiliza y se convierten en pareja, deciden vivir juntos y salir adelante por si mismos con las dificultades que todo ello implica: crear un hogar que sea verdaderamente suyo, compaginar vida laboral y familiar, encarar los miedos que implica la paternidad, convertirse en verdaderos adultos y, finalmente, enfrentarse al varapalo que supone el cáncer de su hijo. De esta forma Declaración de guerra funciona como una especie de relato generacional, es una historia sobre el proceso de crecimiento y maduración y lo que ello implica: enfrentarse a situaciones inesperadas que ponen a las personas al límite. En este contexto la enfermedad de Adam funciona como un paso más, el más decisivo, en el camino que lleva a Roméo y Juliette a convertirse en adultos, una especie de prueba épica escrita en el destino de los personajes.
Desnudar los sentimientos
La falta de afectación, la sencillez, la naturalidad y la honestidad marcan durante todo el metraje el tono de la película. El relato discurre con fluidez a medida que los acontecimientos se desarrollan y las cosas se complican pero, la secuencia inicial que nos traslada al desenlace en el que se muestra a Adam ya mayor y recuperado sirve para aliviar la tensión del espectador. Desde el principio sabemos que estamos ante una historia de superación, que no va a acabar mal, pero eso no hace que dejemos de preocuparnos y angustiarnos en los momentos más difíciles. La película juega sus cartas a la perfección, la enfermedad del niño es el catalizador en torno al que giran los sentimientos, por supuesto que ocupa un lugar central pero no por ello eclipsa todo lo demás. Roméo y Juliette sufren mucho por su hijo pero no por ello dejan de vivir, su vida está condicionada al 100% pero no se permiten ni un momento de autocompasión. Ríen, lloran, cantan, se emborrachan, discuten y se apoyan en los que tienen al lado, la vida no deja de fluir y a pesar de momentos de desfallecimiento no dejan de dar batalla en ningún momento, la guerra es dura pero ellos están convencidos de que van a ganar. Ante todo lo que vemos nosotros no podemos más que ponernos de su lado, en ningún momento vemos a los personajes, vemos a personas de carne y hueso movidas por las emociones y el sentido común, por paradójico que parezca.
En su empeño por contarlo todo de la forma más cercana posible, sin aditivos, Valérie Donzelli decidió ser lo más austera posible. La mayor parte de la película está rodada con una cámara Canon y con luz natural y el sonido está apenas retocado en la edición final, casi todo lo que se oye es sonido ambiente. La mayoría de los escenarios son reales, el hospital no es un decorado y gran parte del personal sanitario que aparece en el film está interpretado por profesionales reales. En la concepción original de la película una de las principales preocupaciones de Donzelli era conseguir crear una atmósfera en la que los momentos más relajados se introdujesen en la trama sin restar credibilidad ni tensión al relato. Para cumplir ese objetivo tuvo claro desde el principio que la música debería jugar un papel fundamental: temas electro pop, punk y rock ponen la banda sonora de esta historia que huye de la emoción prefabricada.
Declaración de guerra se estrena en España el 10 de febrero, viene precedida por su éxito en Francia y tiene todo los ingredientes para satisfacer a todo tipo de público: es un ejemplo perfecto de que es posible hacer cine de forma digna, honesta e inteligente sin renunciar a llegar a un amplio abanico de espectadores. Sería una pena que dejaseis escapara la oportunidad de ver esta estupenda película.
- Cristóbal Soage
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