Película del mes: Alps

Se dice que en época de crisis económica y social la creación cultural y artística y los movimientos que la canalizan se ven fortalecidos para salir adelante y alcanzar nuevas cotas a las que no se había llegado antes. Sin hablar de recursos y financiación económica -puesto que eso es precisamente lo primero que se pierde-, nos referimos a que el artista encuentra en la situación más desfavorecida un filón para no deja de crear, de desafiar a los límites que lo condicionan, de buscar lo que está aún por descubrir. En las buenas situaciones y en los contextos agradables, el entumecimiento que genera en los individuos el estar contento con lo que los rodea mina la necesidad de ir más allá. Pero llevamos ya unos cuantos años metidos hasta el fondo en una crisis, en la que, en el momento en que el arte es capaz de lidiar con todos los obstáculos y salir adelante, sale con más fuerza que nunca. La economía europea atraviesa una situación de números rojos, y su principal talón de Aquiles es precisamente el país originario de este héroe mitológico: Grecia. Y mientras, el panorama cinematográfico heleno no ha hecho otra cosa que volverse más interesante y necesario a medida que pasan los años desde el comienzo de la recesión. Obviando la imprescindible obra del fallecido Theo Angelopoulos, nombres como el de Filippos Tsitos -su reciente Mundo injusto (2011) triunfó en San Sebastián- o Athina Rachel Tsangari -su brillante Attenberg (2010) dio mucho que hablar en Venecia- han salido con gran fuerza a la palestra. Aunque buena parte de la culpa de esta situación la tiene el ateniense Giorgos Lanthimos y su magnífica Canino (2009), que arrasó en Cannes, en los Oscar, en círculos de críticos de todo el mundo… Y es que no es para menos: la cinta fue una de las bofetadas más sonoras que se le han dado al cine actual, un espeluznante frenesí de metáforas y sátiras sociales envueltas en un drama psicológico familiar con tintes de comedia negra. En el 2009, con la crisis de su país galopando tras él y su película, Lanthimos se colocó en lo más alto del cine europeo, y, tras ello, no se podía permitir dormirse en los laureles.

En el 2011, con la depresión socioeconómica en su máximo esplendor, el cineasta griego volvió a entregar al respetable otra imperdible vuelta de tuerca al cine convencional, una muestra de cine como creación intelectual que llega desde la furia del indignado (o aganaktismeni, en griego) y desde la originalidad del artista. Esto queda ya patente en su sinopsis: Alps es la historia de un grupo de personas llamado así, como las montañas más altas de la Europa central, cuyos miembros ofrecen, a cambio de dinero, reemplazar a los muertos en la vida diaria de sus familias. Y claro, tras su esperado estreno, desconcertó y fascinó a partes iguales. La cinta fue parte de la sección oficial del Festival de Venecia del año pasado -una de las mejores ediciones de su historia reciente- y salió del certamen con un Premio a Mejor Guion para Lanthimos y su colaborador, Efthymis Filippou. Y al galardón lo acompañaron alabanzas que venían de todas partes: “única y excepcional”, “con un poder inexplicable para arrastrar al espectador dentro de su red”, “extraordinaria” o “será una de las películas que más darán que hablar durante el año: con tanto de lo que hablar, ¿cómo no podría serlo?”. Como su anterior Canino -aunque probablemente un escalón por debajo-, Alps es una de las películas más bizarras, divertidas, inteligentes, singulares, perturbadoras… y en definitiva, estimulantes, de los últimos años.

El final puede ser un nuevo y mejor comienzo
Mont Blanc, Matterhorn, Weisshorn, Barre des Écrins… Las cimas de los Alpes son la excusa para dar nombre a los personajes de la cuarta película de Giorgos Lanthimos: una enfermera, un paramédico, una gimnasta y su entrenador, que ofrecen tal descabellado servicio. Como bien dice la enfermera a los padres que acaban de perder a su hija, “el final puede ser un nuevo y mejor comienzo”. Los Alps tienen normas estrictas: respeto mutuo, tener unas capacidades sociales y físicas básicas, no implicarse sentimentalmente con los clientes, no hablar de sus actividades con personas ajenas al grupo… Todos los miembros las siguen a rajatabla, excepto uno de ellos. Y a partir de ahí, comienza la debacle. La película se nutre en buena parte de las brillantes interpretaciones de sus protagonistas: las estupendas Aggeliki Papoulia (La mayor en Canino) y Ariane Labed (actriz principal también de Attenberg, por la cual se llevó una Copa Volpi en Venecia) nos regalan las mejores de la cinta, ayudadas por Aris Servetalis, Johnny Vekris, e incluso el guionista Efthymis Filippou. Y de la mano de todos ellos, Alps se embarca en una odisea de situaciones chocantes, sátiras mordaces, desenfoques narrativos y visuales, elipsis desconcertantes, y, sobre todo, un humor negrísimo -situaciones disparatadas, absurdos acercamientos sexuales o bromas sobre Prince- que da buena cuenta de las intenciones del director.

Alps es, primeramente, un vaciado de los cánones que rigen la vida de la gente: la muerte no es la muerte, las relaciones personales no son las relaciones personales, e incluso la vida no es la vida. Las convenciones sociales son sacudidas de arriba a abajo hasta colocarlas en una posición en la que no son fácilmente reconocibles. La cámara de Lanthimos enseña y propone una situación -o mejor, una serie de situaciones- que desafía continuamente la lógica del espectador. La enfermera o el conductor de ambulancia, cuyo trabajo es ayudar a los pacientes, los reemplazan para satisfacción (¿podría realmente suceder esa situación?) de la familia que pierde a uno de sus miembros. Una persona totalmente ajena a un núcleo familiar representa un papel de una manera estoica y casi ofensiva, recitando las frases que el fallecido dijo en situaciones pasadas, creando escenas desprovistas de sentimiento o emoción alguna. ¿Y qué es la vida después de la pérdida de un ser querido? Puede ser un mar de dolor, la insensibilización ante la tragedia o la desaforada necesidad de aferrarse a cualquier atisbo de salvación. Pero el cineasta griego no permite concebir la película como una divagación sobre todo esto, sino que compone un puzzle de sensaciones e instintos que muestran las actividades de un grupo prácticamente inconexo de personas que puede que se rijan por motivos como la realización personal, la integración social, la ayuda al prójimo, o incluso, lo que sobrevuela todo el filme, la pérdida de la cordura. Y decimos “puede que” porque Lanthimos no coloca las piezas de ese rompecabezas una detrás de otra para que todos lleguemos a un mismo significado. En absoluto. Alps plantea los innecesarios dictados sobre los que la sociedad actúa en relación a la vida y la muerte, y, tras ello, puede que se acerque a una conclusión increíblemente cínica: es imposible alejarse de ellos. Pero eso es cuestión de cada espectador: Alps es, como las montañas centroeuropeas, una cordillera de historias de la que solo vemos las cimas, sin que nos sea posible contemplar todo lo que hay debajo de ellas, para que observando solo algunas partes, cada uno de nosotros le dé una coherencia. Y piense.

La tragedia griega boca abajo
Y así, molestando y exponiendo, y haciendo pensar al espectador, llegó casi desde la nada Giorgos Lanthimos a aparecer en la lista de los nuevos cineastas más respetados del viejo y achacado continente. El que fuera durante los años 90 director de obras de teatro, videoclips, anuncios y cortometrajes en la capital griega, debutó en la realización de cine con sus primeras y de poca repercusión My best friend (2001, junto al colega y actor Lakis Lazopoulos) y Kinetta (2005, ya en solitario). En esta última ya se dejaba entrever el talento de Lanthimos para experimentar con el cine, aunque acusaba la falta de un guion consistente. Pero la espera daría sus frutos: sería el 2009 el año que lo viera despegar con su Canino (o Kynodontas). La acidísima historia de una familia que criaba a sus hijos absolutamente aislados del mundo exterior le llevó a conseguir el máximo premio en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes y, para sorpresa de casi todo el mundo, una nominación al Oscar a mejor película de habla no inglesa. El ateniense demostró tener muy claro lo que quería contar con su insólita apuesta a medio camino entre el surrealismo, la comedia negra y el drama familiar, que lo llevaron a ser catalogado como un Michael Haneke con sentido del humor o como un Luis Buñuel aséptico y contemporáneo. Y es que en lo que podría calificarse como una moderna y corrosiva revisión del mito de la caverna de Platón el cineasta exhibió su gusto por la narrativa despiezada, la exposición descontextualizada de extractos de las vidas de sus protagonistas y la impactante agresividad de un humor totalmente fuera de serie. La áspera factura visual de sus obras puede echar a muchos para atrás: el extremo desencuadre y desenfoque y el lento desarrollo de sus planos caracterizan la obra de un director que se coloca con prudencia tras la cámara y la mueve para recoger con ella solo parte de un todo que pretende sugerir con su resultado final.

Y, como se puede notar, es algo difícil hablar de Alps sin permanecer cerca de Canino. En la última cinta de Lanthimos todo fluye por una vertiente más empinada, su narración y su temática son más deslavazadas, e incluso disparatadas, y probablemente, su núcleo, más disperso. Pero el mejor representante de la nueva generación de cineastas helenos -junto al que trabajan su productora, Athina Rachel Tsangari, también directora de Attenberg, y Filippou, co-guionista también de nuevas películas como L (Babis Makridis, 2012)- está en plena posesión de sus facultades cinematográficas y es consciente de ello: su estilo es un estilo único e increíblemente estimulante. Sus películas son tragedias, de temas dramáticos (la vida, la ignorancia, la muerte, el destino, la opresión…) y protagonistas abocados a la destrucción, pero vueltas boca abajo: con un orden lineal casi irrelevante, una exagerada rareza y un gran bizarrismo, un humor sangrante, y unos finales a medias tintas, que se vuelven atronadores a medida que se va interiorizando la película. Giorgos Lanthimos se ha convertido, tras estos dos títulos, en un nuevo gran nombre de esa contemporánea tragedia que se llama cine, y esperamos -tal y como parece- que su carrera en ella no esté destinada a un final fatídico, sino a todo lo contrario: a su Olimpo.

- David González


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