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Comentarios, Películas

Enseñar a la fuerza

Lo que más puede irritar de El profesor es su título. El original es Detachment, que en inglés es una palabra polisémica. Significa desapego o separación, y también objetividad e imparcialidad. Esto es una pérdida de densidad: el título en español podría ser el de cualquier película en la que el protagonista fuera un profesor. Detachment dice mucho más sobre lo que es realmente la película de Tony Kaye. Es una película sobre el desapego entre las distintas caras de los personajes. Bucea en el fuera de campo de unos personajes que tienen vivencias en común en un espacio: profesores y alumnos de un instituto conflictivo. Bucea en la intimidad, en lo que hay detrás de la apariencia pública, e intenta darse un plus de realismo a través de su separación en diversos formatos y estilos de grabación.

Formalmente, El profesor es una película ambiciosa. Y efectiva. Recoge una versión institucionalizada de cierto estilo documental, probablemente a través de los filmes con estética Dogma (cámara en mano, grano muy evidente, zooms bruscos). Recrea el pasado con metraje de tonos cálidos, rojizos, similar a la estética Super8 que parece ser ya norma para mostrar recuerdos. Mezcla eso con alguna animación stop-motion y declaraciones de Henry Barthes (Adrien Brody, personaje principal y actuación tipo Oscar) a cámara, que pueden pecar de pretenciosas por su tono filosófico. No es necesariamente un fallo de la película: puede haber personajes pretenciosos en una película realista porque hay gente pretenciosa en la vida real. Lo cierto es que la película intenta jugar en una liga para el público masivo y otra pseudointelectual al mismo tiempo (empezar con una cita de Camus, hablar de Orwell, etc.), que contentará a quien se reafirma en su inteligencia cuando reconoce las referencias.

La citada fragmentación formal, aumentada por efectos puntuales de ralentización y cámara rápida esteticistas y videocliperos, hace de la película un producto postmoderno en el mal sentido. No hay distanciamiento ni ironía en su uso de todos estos recursos. Parece que se suman con intención de apabullar al espectador con su audacia. Y están bien encajados: el acabado es de calidad, y el relato camina con ritmo y potencia. Pero es una potencia que se agota en si misma. La estructura de puzzle que se intuye al principio apunta hacia una complejidad que no termina de concretarse. Los profesores del instituto (reparto con nombre: Christina Hendricks, James Caan, Lucy Liu, Marcia Gay Harden…) ven revelada su vida personal, anodina o podrida, en parte por influencia de su trabajo. Estos pequeños saltos en la focalización hacia otras subjetividades son de lo más audaz de la película. Lo escaso y breve de esas escenas es lo que hace que sean las que dejan algún recuerdo. Contribuyen a dar potencia a los temas principales de la película, como la desesperanza o el aislamiento personal, remarcado por la planificación y el uso de los espacios.

Estos temas se vinculan a la educación. Henry Barthes es un profesor sustituto que llega a un instituto conflictivo, con métodos atípicos y capacidad para conectar con los alumnos. Parece un referente, pero su vida está tan deshecha como lo puede ser la de los estudiantes, llenos de rabia o desencajados en su sistema social. Henry entabla relación con dos adolescentes: Erica, una prostituta a la que ayuda y acoge en su casa, y Meredith, alumna inadaptada con inquietudes artísticas. A través de estos dos ejes y el destape progresivo de su pasado, Tony Kaye denuncia lo deprimente del sistema educativo americano y de la vida en general. Sus intenciones son nobles. Seguro que se lamenta igual que Henry Barthes por los que decidieron enseñar creyendo que podrían cambiar algo. Ataca suavemente al sistema capitalista y a la capacidad del dinero para corromper a la gente. También a los padres irresponsables. El problema es que esta voluntad didáctica (no diremos adoctrinadora) no se apoya en argumentos auténticos. Choca el estilo semidocumental con una dramatización muy extrema. No hay ambigüedad, no hay riqueza. Sólo secuencias que estilizan la tragedia y apelan a nuestra impresionabilidad. Eso hace que la película esté mucho más cerca de Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995) que de Elephant (Gus Van Sant, 2003) o Gummo (Harmony Korine, 1997) en su intento de retratar una juventud y una sociedad que se rompen por dentro. Probablemente buscase un tono poético y crudo para parecerse a estas últimas, pero es un intento inútil: El profesor es una aceptable película comercial. Su error es verse a si misma como otra cosa.

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