El Takeshi Kitano de Outrage (2010) no es ni el Kitano lírico de Dolls (2002) ni el Kitano invadido por el humor y la ternura de El verano de Kikujiro (1999). Esta vez vuelve a la carga con otra vertiente: un cine más serio y duro, que narra la corrupción imperante en Japón mediante una película de género yakuza-eiga o cine de mafia japonesa. Dos clanes se enfrentan encarnizadamente por el poder mientras un jefe de distrito solo busca su propio bien, manipulando según le conviene hasta que las cosas se le escapan de las manos.
Otomo, el personaje que interpreta Kitano, semeja estar lleno de calma. Una calma que inquieta al espectador. Ha visto como los matones como él (sus iguales, los que hacen el trabajo sucio) suben en la escala de poder con facilidad. En ese mundo en el que habita (un mundo de corrupción, de traición y de venganza) todos sus esfuerzos nunca bastan para ascender, para llegar a donde otros ha llegado. Incluso esos esfuerzos parecen insuficientes para sobrevivir en un mundo en el que no te puedes fiar de nadie, en el que no existen héroes y en el que la muerte acecha en cada esquina. Todo esto es lo que expresa la mirada de Otomo, una mirada que también refleja lo que en un momento de la película se manifiesta verbalmente: ”la vieja yakuza ha muerto”. Todo ha cambiado y no hay vuelta atrás. Lo único que queda es la agonía y la violencia que se palpa tanto dentro como fuera de plano. Un sentimiento de furia que se traslada a la propia narración (proporcionando ritmo vivo y acciones inesperadas) y un futuro trágico que se predice en los fundidos a negro elípticos del paso de escena a escena.
El film no fluye muy natural. Va avanzando a través de la sucesión interminable de traiciones y ajustes de cuentas sin lógica, que solo responde al sentido del género yakuza, hasta el momento final donde sucede la gran guerra de sangre. No hay casi profundidad en los personajes, no se aportan grandes novedades y da la sensación de ser una película que se ha visto antes. En su favor hay que decir que Outrage se reinventa dentro del cine asiático contemporáneo. Es una película que se refleja en los clásicos para reformular un género que ya no existía. Takeshi Kitano se ha reservado el trabajo de recuperación desde el punto de vista jocoso y humorístico. Esta es una de sus virtudes. Con Outrage ha llevado al extremo la visión edulcorada del universo yakuza desarrollado por uno de los maestros Kinji Fukusaku, conocido por Battle Royale (2000). Predomina la seriedad formal y una gran cantidad de personajes que lucharán en una batalla sin honor ni humanidad y que, por supuesto, no tendrá un final feliz. Todo se describe parsimoniosamente pero es en el trasfondo donde está la parodia. Kitano establece un juego de espejos, se convierte en un Coppola o un Peckinpah, y condensa todas sus influencias en una película que alberga la tradición cinematográfica salpicada por la ironía puesta en las acciones de la mafia. No es el mismo tono humorístico y revisionista de Glory to the filmmaker! (Kantoku Banzai!) (2007), donde Kitano narraba sus problemas creativos, se burlaba de sí mismo y de su facilidad para hacer películas de yakuzas, pero si que guarda ciertos detalles.
Outrage puede ser una película envuelta en papel de regalo para que todos los fans de este género, esos seguidores que le pedían el regreso a él, se queden satisfechos con el resultado y esperen expectantes a la llegada de la segunda entrega. El resto espera que Outrage: Beyond (2012) no sea su último film.










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