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La locura de Paul Schrader

La última película de Paul Schrader, Adam resucitado, se abre con un primer plano de los ojos de Jeff Goldblum (o de Adam Stein) mirando a cámara. De repente, uno de ellos se separa de su orden natural y mira hacia los lados. Es una imagen poderosa, que atraviesa y resume una película de divisiones y dualidades. Entre el presente y el pasado, la cordura y la locura, el dolor y la alegría. Adam Stein es un ilusionista, un payaso judío que vive, a principios de los 60, en una clínica psiquiátrica para supervivientes del Holocausto. Es uno de esos locos fascinantes, geniales, hasta un punto que roza lo paranormal. Y es el líder de un sanatorio. Un espacio cerrado que concentra a un montón de personajes al límite, eso tiene que ser maravilloso para el cine. Ya se vió en Corredor sin retorno (Samuel Fuller, 1963) o Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975). Incluso, con un poco de abstracción, en La diligencia (John Ford, 1939). La diferencia aquí es que la causa de todos los problemas es la misma: el nazismo. La estructura de la película se escinde del presente de Stein a los traumas que lo formaron. En un primer momento puede parecer que estamos viendo otra vez la denuncia de lo horrible e inhumano de la Alemania nazi. Pero no es eso, o hay más que eso. Schrader camina por la cuerda floja, como dando a entender que las cosas no fueron, ni son, tan simples. Da a la película un tono extraño y ambiguo. Evita dar demasiadas evidencias al espectador. Está cerca de la denuncia de los peligros de la locura, pero también de la apología de su riesgo, de su peligrosidad: no hay grandeza en el hombre corriente. Cuando filma los espacios y las relaciones entre los personajes deja una sensación de inquietud e incomodidad. No nos deja fijar impresiones, nos hace movernos de forma insegura. Son las consecuencias de aquel primer plano de la mirada. Sabe cómo funcionan las identificaciones en una película clásica y las bloquea.

Esta sensación pierde fuerza a medida que conocemos los mecanismos que está utilizando Schrader. Stein es un payaso, y se ve obligado a serlo incluso en los momentos más dramáticos. La risa choca contra el drama, igual que la representación (dentro o fuera del escenario) choca con la realidad. El mal está encarnado en la película por el Comandante Klein (William Dafoe), que obligó a Stein a comportarse literalmente como un perro en su campo de concentración. Es lo más parecido a un antagonista en la película. Pero Schrader eligió, inteligentemente, utilizar los mecanismos de la locura para retratarla. La mentira es necesaria para sobrevivir. La confusión impide fijar la verdad. Eso es algo habitual en la realidad, pero no en los productos de Hollywood, y más cuando no se elige jugar a los giros inesperados (curiosamente, lo que hizo Scorsese, eterno enemigo íntimo de Schrader, con Shutter Island, 2010).

La llegada de un niño que se comporta como un perro al psiquiátrico enfrenta a Stein con su pasado. Suena a frase promocional, pero es el eje de la película. En ese juego de espejos con lo que le pasó, Stein es su propio enemigo. Salta de un rol a otro, de lo mejor a lo peor, del control más absoluto al caos más perverso. Recrea su historia distorsionadamente. Suponemos que es la historia de una catarsis, de una especie de terapia del grito primario que se alarga 100 minutos. Los choques y la duda se sienten casi en cada plano. Jeff Goldblum consigue hacer consistente y convincente la interpretación de la demencia. Con esa paradoja sostiene una película que puede no ser redonda (y tal vez no lo pretende) pero si es rotundamente honesta. El único problema, y lo que hace que Adam resucitado no sea Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), es que Schrader ya no es el loco peligroso que era en los 70.

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