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La violencia poética de Andrew Dominik

Australia y Nueva Zelanda están lejos, muy lejos, son nuestras antípodas, y como están, casi aislados, en el Océano Pacífico, beben, a nivel cultural y social, el uno del otro. Los panoramas cinematográficos de Australia y Nueva Zelanda se funden, a veces, entre intercambio de talentos y financiaciones. Como el director que nos ocupa, el emergente cineasta Andrew Dominik, algunos neozelandeses de nacimiento se convierten en honorables australianos de adopción: Jane Campion, la primera mujer en la historia en llevarse la Palma de Oro por El piano (1993), o el oscarizado actor Russell Crowe, por poner ejemplos. Y, Dios salve a la reina, el hecho de que ambos países fuesen colonizados por el Reino Unido allá por el s.XVIII y que el inglés sea, consecuentemente, su idioma, no hacen que su cultura sea preeminente, pero sí fácilmente exportable y equiparable a la dominante: la estadounidense. A Dominik le pasó un poco todo eso: nació en Wellington, se mudó y estudió en Melbourne, rodó su ópera prima Chopper (2000) en tierra australiana y con su segundo film, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007) ya se asentó en Estados Unidos. Aunque, en este caso, no haya sido por obra y gracia de la reina Isabel II, sino de Brad Pitt. Tras haber visto Chopper y protagonizar junto a Eric Bana, su excelso protagonista, Troya (Wolfgang Petersen, 2004), Pitt contactó a Dominik para trabajar con él. Y dicho y hecho, la relación profesional que surgió entre ellos ha dado ya lugar a dos películas, y generará otra próximamente -concretamente, Blonde, un biopic sobre Marilyn Monroe-. El talento que Dominik ha demostrado para estilizar la violencia, oscurecer la poesía y sacarle las vísceras al cine llamó la atención de la Academia de Cine Australiana, y posteriormente, la de Pitt, la de Ridley Scott -que también produjo su desembarco en Hollywood-, la del Festival de Venecia, la de los Oscar, y por último, la de Cannes. En su corta obra, el director viaja a través de las sombras del thriller y el género -el western y el cine negro-, hasta convertirse en una mirada de las que pueden ayudar a dotar de buenas firmas de autor el panorama cinematográfico americano.

Chopper (2000)

La ópera prima del realizador fue Chopper, la historia basada en los libros autobiográficos de Mark Reed, alias Chopper, un famoso criminal australiano que se pasó la mayor parte de su vida entre rejas -y lo sigue haciendo en la actualidad, habiéndose recuperado recientemente de una operación para extirpar un tumor en el hígado-. El delincuente aprovechó así la fama que se generó en torno a su figura para lanzarse al mundo de la literatura: Chopper escribió novelas basadas en sus vivencias personales desde la cárcel, de las que ha vendido ya más de medio millón de copias. Una historia así parecía un filón para el cine, y Dominik supo aprovecharlo. El también australiano Eric Bana dio vida al criminal -en la que es, de lejos, la mejor interpretación de su carrera- en este thriller que da vueltas sobre su figura y sobre el oscuro mundo de los bajos fondos de Melbourne. Los recursos técnicos de Dominik -frenéticas cámaras rápidas y líricas cámaras lentas, impactantes efectos visuales- mostraron un interesante tratamiento visual, que lo remitía al de Tarantino o incluso Lynch, y al que, años después, se asemejaría el de Nicolas Winding Refn -no es en absoluto gratuito establecer relaciones entre esta película y su estupenda Bronson (2008) o incluso Drive (2011)-.

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007)

Su puesta de largo en la industria americana -y en los festivales de cine, ya que compitió por el León de Oro en Venecia- llegó con su primera incursión en el género, y aquí, uno de los más herméticos que existen. El western El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford comenzó a gestarse después de que Dominik encontrara la novela homónima de Ron Hansen en una tienda de segunda mano. Una vez que Brad Pitt se unió al proyecto, tanto protagonizando como produciendo, la cosa comenzó a rodar. Casey Affleck, Sam Rockwell, Jeremy Renner o Zooey Deschanel, entre otros, completaron el reparto sobre la historia de un personaje que ya había sido llevado al cine por grandes como Samuel Fuller (Yo maté a Jesse James, 1949) o Nicholas Ray (La verdadera historia de Jesse James, 1957). La muerte del más famoso forajido del oeste americano, James, a manos de su mano derecha, Ford, resulta en manos de Dominik un drama más contemplativo que exaltado, con un gran poderío visual y sensitivo. El corte final -para el que se eligió de entre una docena de montajes diferentes, pues Pitt y Dominik buscaban lo que la productora no quería- encuentra en su exquisito y pomposo estilo la principal herramienta con la que dar forma a una especie de western existencialista, a un expansivo y personal thriller que da una vuelta de tuerca al género.

Mátalos suavemente (2012)

Originalmente titulada Cogan’s Trade, tras la novela del estadounidense George V. Higgins sobre el mundo del crimen en los suburbios de Boston que adapta, Mátalos suavemente acabó viendo la luz en la edición de Cannes de este año, y compitiendo por la Palma de Oro. Brad Pitt volvía a producir, y a protagonizar: el actor da vida a Jackie Cogan, un investigador al que los capos de la mafia contratan para encontrar a los culpables de un asalto a los asistentes a una partida de póker y una serie de robos a sus propios casinos. Con un reparto, esta vez más coral, con las caras de Richard Jenkins, Ray Liotta, Scott McNairy o un James Gandolfini en su salsa, Mátalos suavemente se adentra con la habitual mecánica y la fuerza visual de las historias de Dominik en un mundo tenebroso de violencia, podredumbre moral e intereses económicos. Dominik decidió tomar las riendas de esta narración para, según sus palabras, dibujar una parábola sobre la situación actual de la economía. A su presentación en la Costa Azul, lo dejó caer: “Era una crisis en una economía que estaba fundada en el juego ilegal, y que se generó debido a un fallo en su regulación. Simplemente tenía algo que no se podía ignorar”. Mátalos suavemente es, así, un moderno ejercicio de cine negro que coquetea con la comedia, también negra, para rematar en un festín de lóbrega pirotecnia que ilumina la cámara de un realizador cuya pista es muy recomendable seguir.

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