Que Woody Allen es uno de los autores norteamericanos más importantes del cine no lo puede negar nadie, y que ha tenido siempre más éxito a este lado del charco, tampoco. Si nos remitimos a quizás sus películas más importantes, al menos en los Estados Unidos, Annie Hall (1977) y Manhattan (1979), podemos recordar sus encontronazos y desentendimientos con la academia -supuestos olvidos de la fecha de la ceremonia de los Oscar en la que se premió a Annie Hall mediante-, y en definitiva, la industria del cine americana. A lo largo de su carrera, Allen -nacido hace ya 76 años bajo el nombre de Allan Stewart Königsberg-, declaró más de una vez que, si no hubiese sido gracias a la popularidad de su obra en Europa, no habría podido seguir haciendo películas. ¿Ha sido esa la razón por la que el cineasta decidió embarcarse, allá por el 2005, en un viaje cinematográfico a través del viejo continente? Match Point fue la gran obra que vio por primera vez cómo el realizador llegaba a tierras europeas: y no podía haberlo hecho de mejor manera. Una de sus películas más aclamadas -¿y la mejor de sus últimos años?-, una brillante fábula sobre la moralidad, la avaricia, la pasión, el dinero y la suerte en la comunidad de alta alcurnia consiguió volver a colocar a Allen en lo más alto del celuloide. La tragedia operística que crea el frío romance entre dos jóvenes -unos estupendos Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson- concentró la maestría de Allen, alejándolo de sus tics cómicos e
impregnando la pantalla de una sublime fuerza y lucidez. Sin embargo, originariamente, la historia de Match Point estaba situada en los Hamptons, uno de los lugares de residencia más ricos de la Costa Este estadounidense: el cambio de escenario a Londres no se debió a una idea de Allen, sino a que fue allí donde encontró la financiación. En una entrevista a The Observer durante la producción de la película el neoyorquino lo dejó claro, “en los Estados Unidos las cosas han cambiado mucho, ahora es difícil hacer pequeñas películas buenas (…) A los avariciosos estudios no les podría importar menos las buenas películas (…) solo quieren películas que cuestan 100 millones de dólares, y que ganan 500.” Y su magnífico resultado demostró lo denunciable que es estrangular la creatividad en pos del beneficio económico.
Pero el periplo de Allen por la tierra de la Reina Isabel II, en donde siguió encontrándose a gusto, no terminó ahí. Tras Match Point llegarían Scoop (2006), El sueño de Casandra (2007) y, más tarde, Conocerás al hombre de tus sueños (2010). No obstante, el talento del que hizo gran gala en su primera historia en la capital inglesa se fue diluyendo ligeramente con cada nueva entrega de su obra. En Scoop, Allen entretuvo con una comedia en la que una estudiante de periodismo (de nuevo Scarlett Johansson) atrapada entre trucos de un veterano ilusionista (el propio Allen), la aristocracia londinense y exclusivas desde el Más Allá. Radicalmente opuesto a su anterior obra, con el film Allen volvía al terreno cómico con resultados moderadamente agradables. Ewan McGregor y Colin Farrell protagonizaron la siguiente El sueño de Casandra, un drama de enredo sobre dos hermanos en una situación comprometida
por la aparición de una atractiva actriz entre ellos, y, dos películas mediante, en 2010 firmó Conocerás al hombre de tus sueños, una comedia dramática que narra las pasiones, las ambiciones y vicisitudes de una familia, para la que contó con Anthony Hopkins, Josh Brolin, Naomi Watts o Antonio Banderas. Sus últimas -hasta ahora- obras en el Reino Unido, mucho más descafeinadas, no generaron especialmente una buena recepción entre la prensa, pero entre ellas, el neoyorquino decidió seguir viajando por Europa para detallar algo así como postales cinematográficas en las que, consciente o inconscientemente, como en tales souvenirs, el escenario empezó a cobrar más y más importancia. Primero llegó un viaje a España, luego le siguió uno a Francia, y ahora, uno a Italia. Woody Allen se hizo turista.
Vicky Cristina Barcelona (2008) es la comedia que versa sobre el amor y las desavenencias de dos norteamericanas que van a Barcelona de vacaciones, en donde conocen a un pintor y su atormentada expareja. Rodada entre la Ciudad Condal, Avilés y Oviedo -ciudad con la que Allen tiene una especial relación, principalmente tras haber recibido el premio Príncipe de Asturias de las Artes-, el perspicaz retrato del pasional romance entre los protagonistas se nutre sobre todo de las portentosas interpretaciones de Scarlett Johansson, Javier Bardem, y, especialmente, Penélope Cruz, que se llevó el Oscar por este papel. Si bien Vicky Cristina Barcelona no supuso una cumbre en la obra del cineasta, demostró ser, por haches o por bes, suficientemente disfrutable. Ya su siguiente viaje a un nuevo país, Midnight in Paris (2011), se confirmó como una entrega del mejor Allen: deslumbró en Cannes, encandiló a la mayoría de críticos de todo el mundo e incluso acabó llevándose el Oscar -que no recibía desde Hannah y sus hermanas (1986)- al mejor guion original. La aventura temporal en la que un escritor (Owen Wilson) en una encrucijada con su prometida (Rachel McAdams) viaja misteriosamente a la belle époque parisina cada medianoche para codearse con Hemingway, Dalí o Picasso y buscar un sentido a su vida expuso con gran alma los mejores anhelos artísticos del neoyorquino. Y tras su gran éxito, el nuevo proyecto de Allen sería otra de tales postales, y esta vez, una en la que la ambientación sería, si cabe, más importante aún -¿para bien?-. A Roma con amor es una película de episodios en homenaje al cine italiano de mediados de siglo (Roma, 1972, Federico Fellini, por ejemplo) en la que tanto personajes estadounidenses como romanos se ven envueltos en enredos personales y familiares entre las calles de la Ciudad Eterna. Lejos de haber tenido otra gran recepción, como su anterior film, la crítica coincide en que Allen recurre a su estimable reparto coral -Alec Baldwin, Penélope Cruz, Roberto Benigni, Jesse Eisenberg, Ellen Page…- para crear apreciables gags que mantienen la vis cómica del director, sin que aporten, sin embargo, mucha novedad a su obra. Pero el cineasta tampoco intenta lo contrario, con lo que, el resultado puede seguir siendo defendible. Se había dicho que su próxima obra se rodaría en Copenhague o Munich, continuando el viaje por Europa, pero se descartó: Allen prepara ya una película en sus Estados Unidos natales, en San Francisco. No sabemos si se habrá cansado de sus viajes, pero suponemos que para todo el mundo es bueno tomarse un descanso, y así poder volver algún día con las pilas cargadas.










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