La hiperactividad es un trastorno del comportamiento que se caracteriza en parte por distracción y breves períodos de atención, inquietud motora y conductas impulsivas y que afecta, en su mayor parte, a varones en edad infantil. El actor, director, productor, artista, escritor, guionista, showman e incluso editor James Franco no ha padecido este síndrome cuando era pequeño -o al menos no ha trascendido- pero parece que sí está atravesando por algo parecido desde hace unos años. Sabemos que alguien con tal proyección en Hollywood y en la sociedad norteamericana -es uno de los últimos sex symbols en salir de los estudios californianos y hace dos años fue el presentador de la gala de los premios Oscar junto a Anne Hathaway- puede gozar de un estatus inmejorable en cuanto al mundo del espectáculo se refiere. Pero pocos de los que se encuentran en su misma situación están utilizando tales circunstancias de la misma manera que él lo hace. Franco está sorprendiendo -e incluso atosigando- al panorama norteamericano, y lo está abarcando de un extremo a otro: desde filmar metadocumentales artísticos sobre él mismo hasta protagonizar películas de directores de la gran industria como Sam Raimi, desde crear instalaciones artísticas sobre su imagen y la de Lindsay Lohan hasta dar vida, ya sea delante o detrás de la cámara, a personajes de la historia estadounidense, caracterizados por su distanciamento de la heterosexualidad convencional. Evidentemente, el hecho de proporcionar una visión diferente y romper fronteras en el cine desde su privilegiado puesto es digno de elogio, pero, sin embargo, es necesario ser algo cautos con su subyacente megalomanía y/o mitomanía disfrazada de hiperactividad. ¿Qué le está pasando a James Franco?
La carrera de Franco se lanzó tras aparecer en la serie Freaks and Geeks y protagonizando la TV-movie James Dean: una vida inventada (Mark Rydell, 2011), en la que dio vida a uno de sus declarados mitos personales, el malogrado icono de los años 50. El californiano se movió después entre películas de autor algo descafeinadas y propuestas comerciales como la trilogía de Spiderman (Sam Raimi, 2002-2007) y, posteriormente, decidió aventurarse a la dirección, reservándose el papel principal, con la desafortunada Simiosis (2005) y la algo más estimable Good Time Max (2007). ¿Se quedaría ahí la cosa? En absoluto. Después de los oscarizables títulos que protagonizó -Mi nombre es Harvey Milk (2008, Gus Van Sant) o 127 horas (Danny Boyle, 2010)-, Franco empezó a tener la mente en otras cosas. Sus divagaciones cinematográficas tuvieron su punto de partida con Erased James Franco (2009), dirigida por el artista Carter, en el que el actor recrea todas las escenas de su filmografía, así como, por ejemplo, el papel Julianne Moore en Safe (Todd Haynes, 1995). Raro. El californiano fue capaz de compaginar un sinfín de cameos en la televisión norteamericana con su trabajo más creativo: tras su metadocumental autobiográfico publicó una colección de novelas cortas llamada Palo Alto: Stories (2010) y presentó su instalación artística Three’s Company: The Drama sobre la mítica serie de los 70 Apartamento para tres. Más raro aún. Franco siguió su instinto artístico con un proyecto sobre el otro de sus mitos personales, River Phoenix. La figura del también malogrado protagonista de Mi Idaho privado (Gus Van Sant, 1991) originó My Own Private River (2012), un tributo a través de las imágenes de la película de culto de Van Sant. Tras ello, este año estrenó en Tribeca junto a su codirector Ian Olds el documental ficcionado Francophrenia, en el que utilizó sus apariciones en Hospital General para crear algo así como un mini-thriller, que sorprendentemente, obtuvo una estimable recepción, siendo calificado de “fascinante” por The Playlist. Y no se queda ahí la cosa: según The Guardian, su próxima instalación artística estará protagonizada por él y, agárrense, Lindsay Lohan.
Las indagaciones artísticas de Franco van, afortunadamente, acompañadas de su formación académica: en la actualidad cursa cine en la Universidad de Nueva York e Inglés en Yale y escribe ensayos en la prestigiosa publicación norteamericana n+1, de ahí que en sus proyectos más accesibles la literatura esté muy presente. Su proyecto de fin de estudios audiovisuales es su película The Broken Tower, presentada en 2011, y que, ahí es nada, se comercializará en salas: el film es una biografía del poeta estadounidense Hart Crane, que se suicidó a los 32 años, al saltar del barco de vapor SS Orizaba en 1932. Franco protagoniza, cómo no, y lo acompaña en el reparto nada más y nada menos que Michael Shannon -Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008), Take Shelter (Jeff Nichols, 2011)-. Y no es la primera vez que da vida a una importante figura de la literatura: ya fue Allen Ginsberg en Howl (Rob Epstein & Jeffrey Friedman, 2010), el interesante biopic de la figura clave entre la generación beat y la hippy, a través del juicio en el que se acusaba de obscenidad a su poema más reconocido, Aullido (Howl). Y aún le queda más en el tintero: tiene pensado adaptar al cine las novelas Hijo de Dios (Child of God), de Cormac McCarthy, la historia de un hombre violento y desahuciado en las montañas de Tennesee, y Mientras agonizo (As I Lay Dying), la innovadora obra de William Faulkner sobre la muerte de la mujer de un humilde granjero de Mississippi y su búsqueda por parte de la familia, contada mediante la técnica del flujo de conciencia. Un trabajo que se antoja harto complicado, y del que solo un gran talento podría salir airoso. De momento los dos proyectos van hacia adelante, comenzando ahora su fase de casting y pre-producción. Veremos.
Dejando a un lado la literatura, su mitomanía, que lo ha llevado a retratar las vidas de sus ídolos, desde James Dean a Ginsberg, también generó su otra obra como director, Sal, presentada el año pasado en Venecia, en el que narra la turbulenta vida de Sal Mineo, compañero de reparto de Dean en Rebelde sin causa. Aunque, sin embargo, se podría establecer una división de sus intereses entre el cine, la literatura y, con una gran importancia, la sexualidad, y no la sexualidad corriente. Hace un año reveló estar trabajando en un documental sobre Kink.com, los conocidos estudios de cine porno sadomasoquista, y su creador, Peter Acworth. Y ahora anuncia James Franco’s Cruising, una revisión de A la caza (William Friedkin, 1980), el polémico film en el que Al Pacino se infiltra en los ambientes gays más sórdidos de Nueva York para atrapar a un asesino. Para ello, está colaborando con el director Travis Mathews, conocido por firmar cortometrajes en las fronteras del porno gay como I Want Your Love (2010), que se convertirá próximamente en largo. Con ello, se afianza en su carrera uno de los temas que más le parecen interesar a Franco, la homosexualidad: Ginsberg, Crane y Mineo eran gays, y no se puede obviar el homoerotismo de River Phoenix en Mi Idaho privado y el de James Dean -así como su supuesta bisexualidad- en Rebelde sin causa. Especulaciones aparte, en paralelo a su carrera como creador artístico, su trabajo como actor no se ve mermado ni un ápice. Franco tiene pendiente estrenar un puñado de películas, entre las que figuran Spring Breakers (Harmony Korine, 2012), el retrato del porno playboy de Lovelace (Rob Epstein & Jeffrey Friedman, 2012), su nueva colaboración con Carter Maladies (2012), la anticipada Oz, un mundo de fantasía (Sam Raimi, 2013), la nueva comedia de la factoría Apatow The End of the World (2013) o lo nuevo de Paul Haggis Third Person (2013). Si a nosotros ya nos cuesta respirar al escribir todo esto, ¿cómo demonios hará Franco para conseguir hacer todo lo que está haciendo?










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