Un lujoso burdel en París, en plena belle époque. Un lupanar que, según los propios personajes que lo habitan, es un callejón sin salida en la búsqueda de la libertad por parte de un grupo de jóvenes mujeres. Encerradas, al servicio de los intereses de los clientes y de su madame, viviendo en un mundo en el que la belle époque no es tan belle. Este es el escenario que elige el realizador francés Bertrand Bonello, anteriormente ligado al mundo de la música clásica, para situar la historia de su última película: L’Apollonide (Casa de tolerancia), su quinto largometraje. El filme, que compitió por la Palma de Oro en la edición del 2011 del Festival de Cannes, suscitó a su paso por la Croisette, en la prensa más generalista, una cierta indiferencia, inclinándose incluso hacia vertientes negativas. Pero en los circuitos más cinéfilos, la propuesta de Bonello dio mucho que hablar. El de Bonello es un cine difícil, osado y anodino a partes iguales, diseñado desde la perspectiva de la creación, tanto con el objetivo de darse de bruces con las retinas de los espectadores como con el de ser encumbrado por el más entrenado o el ansioso de arte nuevo. Sus anteriores cintas fueron el drama romántico Quelque chose d’organique (1998), el retrato de un director de cine porno Le pornographe (2001), la historia de una transexual brasileña que se muda a París en Tiresia (2003) y la odisea personal de un cineasta en De la guerre (2008). Habitual de la cita de la Costa Azul, Bonello ha conseguido llevarse con su segunda película, Le pornographe, el prestigioso Premio FIPRESCI. ¿Es realmente el cine del originario también de la Costa Azul -Niza, concretamente- merecedor de tales reconocimientos?
A Bonello se le incluye en el cacareado New French Extremity, la dudosa etiqueta que hace referencia a un cine rompedor de origen galo que se alimenta mayormente de la violencia y el sexo en las relaciones humanas, y en la que figuran nombres tan dispares como Bruno Dumont, Phillippe Grandrieux o Gaspar Noé. Su última L’Apollonide (Casa de tolerancia) es el retrato de la opresiva atmósfera del opulento burdel, casi sin evolución dramática ni centro argumental. Las chicas -a las que dan vida, entre otras, las estimables Hafsia Herzi, Jasmine Trinca o Céline Sallette-, la madame -la actriz y directora Noémie Lvovsky- y los clientes -entre los que aparecen los actores y directores Xavier Beauvois, Louis-Do de Lencquesaing y el propio Bonello- se nos presentan en una espiral de acontecimientos, sin principio ni final, incluso de poco interés, marcados por ciertas guindas del tal extremity: la desfiguración de una cara, la enfermedad y la muerte, el sexo explícito y un llamativo surrealismo, digamos, espermático. El innovador punto de vista del que Bonello hace gala se refleja en una cierta estructura rítmica que remite a su anterior carrera en la música, que también se deja ver en la elección de la banda sonora, en la que mezcla la música de Mozart y Puccini con el R&B y el rock sesentero de Lee Moses o The Moody Blues, hasta pistas electrónicas del propio realizador. Y si cuidamos el oído, cuidamos la vista: la estupenda fotografía, obra de Josée Deshaies, basa su paleta en carnales claroscuros y colores intensos. Con todo esto, L’Apollonide divaga y divaga, entre lo osado y lo anodino, como desechando desde el comienzo cualquier atisbo de profundidad, en una especie de limbo narrativo que puede llegar a fascinar o a enfurecer. Sin embargo, como en la filmografía del realizador, la cuestión radica aquí en si existe algo más allá de su sugerente e innovador estilo, en si existe algo que realmente nos importe conocer a través de tal envoltura. A nosotros, por lo pronto, nos resulta difícil encontrar ese algo.










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