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Directores, Especiales, Películas

La ciencia ficción de los orígenes

Allá por el 1979, un fenómeno llamado Alien, el octavo pasajero sacudió las pantallas de cine de todo el mundo. Una de las cintas más importantes de la historia de la ciencia ficción era el segundo largometraje de un emergente cineasta británico, un tal Ridley Scott. Dos años antes el director había salido de su South Shields -norte de Inglaterra- natal para llegar a la cita del cine por excelencia, el Festival de Cannes, en donde se hizo con el premio a mejor ópera prima con su debut Los duelistas, una notable revisión del género de capa y espada en medio de las guerras napoleónicas. Scott era el cineasta a seguir: su increíble pulso tras la cámara y la absorbente adrenalina de sus escenas -¿un Christopher Nolan de la época?- dejó entrever una estupenda capacidad de dirección para thrillers de acción, con, tal y como demostró en Alien, el octavo pasajero, un toque personal, una oscura e inquietante tensión que hila desde la composición de sus contemplativas imágenes estáticas hasta las secuencias más veloces y visualmente violentas. El joven Scott fue el elegido para dirigir el guion del conocido Dan O’Bannon, él y sus colegas de la productora decidieron que el film estaría en las mejores manos con el británico. La película consiguió, sorprendentemente, colarse entre la sección oficial de un festival de clase A, por principios reticente a permitir la entrada de una superproducción a competición por su máximo galardón: el de San Sebastián. Alien, el octavo pasajero demostró ser una magistral incursión en el thriller futurista y la aventura espacial, en la que el interrumpido regreso a la Tierra de la nave de carga Nostromo tras la detección de una misteriosa transmisión de una forma de vida desconocida por parte del ordenador central sirve como punto de partida para un viaje terrorífico y fascinante en el que tal forma de vida se convierte en el elemento decisivo de la historia. La película consiguió un gran éxito en taquilla y una notable recepción crítica, ya que no era para menos: aunaba los talentos de Scott en la dirección, Stan Winston en los efectos especiales, H. R. Giger en el diseño del alienígena, Moebius en el del vestuario, Jerry Goldsmith en la banda sonora, y un reparto en el que figuraban nombres cruciales en el cine reciente como los de Harry Dean Stanton, John Hurt o Sigourney Weaver.

¿Habían acertado las manos detrás de la película al señalar a todos los talentos para llevarla a cabo? El tiempo ha demostrado que sí. Alien, el octavo pasajero sigue siendo una de las cumbres de la ciencia ficción de los años 70, que bebe mucho más de la soberbia obra maestra de Stanley Kubrick 2001: Una odisea del espacio (1968) que de otras cintas contemporáneas del género como la notable Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977). Su importancia reside asimismo en la adopción de elementos de terror: el guionista O’Bannon la describía como “la La matanza de Texas de la ciencia ficción”. Tras el éxito del filme, Ridley Scott volvió a ponerse al frente de un clásico del género, esta vez, la vanagloriada Blade Runner (1982), el poético thriller futurista sobre una sociedad agónica disputada entre la humanidad y los replicantes. ¿Son estos dos títulos lo mejor de la carrera de Scott? Sobran razones para afirmarlo. Mientras la franquicia Alien siguió dando coletazos y provocando dignas secuelas -James Cameron afianzó su carrera con la primera secuela, Aliens: el regreso (1986); David Fincher lo hizo con la segunda, Alien 3 (1992); y Jean-Pierre Jeunet firmó la última, Alien: Resurreción (1997); ahí es nada-, Scott redirigió su carrera hacia la producción hollywoodiense más convencional, firmando películas estimables como Thelma & Louise (1991) o Gladiator (2000) o otras algo menos como La teniente O’Neil (1997), la secuela de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) Hannibal (2001), o su última Robin Hood (2010).

Sin embargo, Scott -ya nombrado Sir por la reina Isabel II- quiso embarcarse en un viaje para volver a los orígenes de su carrera, a los de la ciencia ficción -desde una óptica contemporánea-, y a los de uno de sus dos universos fílmicos más interesantes. No ha sido Blade Runner la elegida, sino Alien: inicialmente concebida como una precuela de la saga, se comenzó a gestar Prometheus, una de las superproducciones más esperadas del año 2012 junto a quizás El caballero oscuro: la leyenda renace, de Christopher Nolan. Pero pronto Scott y su equipo se apresuraron a explicar su propuesta: Prometheus no sería una película cronológicamente anterior dentro de la historia de Alien, sino que su universo sería empleado como escenario para contar una historia original. En ella, un grupo de científicos y exploradores de finales del siglo XXI emprende un viaje espacial a un remoto planeta con un complicado objetivo: poniendo sus límites físicos y mentales a prueba, creen que podrán encontrar la respuesta a una duda ancestral, el origen de la vida en la Tierra. Y en la misión ya no están la teniente Ripley (Weaver) o ninguno de sus colegas, sino un grupo de humanos y androides interpretados por un joven y estupendo reparto: Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Logan-Marshall Green, Idris Elba, Guy Pearce, Sean Harris o Kate Dickie. A bordo de la nave Prometheus, Scott explora una nueva mitología que conecta con sus obras anteriores otorgándole una trascendencia mayor: intentar buscar y darle forma al origen de la vida en la Tierra no es moco de pavo. Con un guion del emergente Jon Spaihts y el ya asentado Damon Lindelof, conocido por su trabajo en Perdidos, la serie-fenómeno de J.J. Abrams, la esperada vuelta de Scott a la ciencia ficción ha demostrado tener la valía suficiente para aportar al género una nueva obra a tener en cuenta. Como suele pasar con las películas del inglés, la fuerza visual y la elegancia de la puesta en escena ganan por goleada a prácticamente todo lo demás: la recepción de la crítica ha sido tibia y anda muy lejos del entusiasmo, achacándole a la propuesta cierta vacuidad y mucha pretensión e intención de ser excesivamente trascendental. Pero, aún así, la aventura de Prometheus es capaz de viajar hasta los orígenes ¿del mejor Ridley Scott?

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