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Comentarios, Películas

Reconstruir lo que se destruye

El elefante blanco es, si obviamos su acepción de paquidermo albino, el mastodóntico edificio semiabandonado en Villa Lugano, extrarradio de Buenos Aires, que nació con la intención de ser el hospital más grande de Latinoamérica. El proyecto fue impulsado en la capital argentina allá por la década de los 1930, aunque no sería hasta la presidencia de Perón, 20 años después, cuando se construyó la mayor parte de lo que ahora está en pie. Sin embargo, con el golpe militar del 1955, el Elefante Blanco dejó de figurar en los deberes de los gobiernos que se sucedieron en el país sudamericano hasta nuestros días. El esqueleto del gigante de hormigón vio cómo durante los años se fue formando bajo su silueta un asientamiento marginal a la que se acabó conociendo como Villa 31 o Ciudad Oculta -tras la construcción de un muro para que los turistas extranjeros no pudiesen ver el arrabal durante el Mundial de Fútbol de 1978-. Con la misma rapidez que el edificio se ha ido arruinando, las chabolas de aproximadamente 20.000 personas se fueron construyendo. Y con ella, la dificultad de vivir en una villa de emergencia, con la eterna lucha contra la delincuencia, la droga y la presión policial, y en pro de los derechos de los habitantes. Esas dificultades, ese difícil día a día de un barrio marginal, un tema que se presta a protagonizar el cine del realismo por excelencia, es lo que Pablo Trapero ha querido retratar en su Elefante blanco, que se estrenó en la pasada edición del Festival de Cannes, en la sección paralela de Un Certain Regard. El realizador bonaerense se vuelve a colocar en el punto de mira de ese cine a medio camino entre el social y uno más íntimo, como ya había hecho con gran maestría en los interesantísimos dramas Mundo grúa (1999), Leonera (2008) o la más reciente Carancho (2010).

Pablo Trapero habla en Elefante blanco, tal y como el edificio clama al cielo desde su inerte corazón, sobre las cosas que los poderosos (¿o el poder divino?) permiten que sean destruidas, y se pregunta si es posible reconstruirlas. Para ello, nos cuenta la historia de Nicolás (Jérémie Renier) y Julián (Ricardo Darín), dos sacerdotes que se asientan en la villa para comenzar un proyecto que llevará a sus habitantes a construirse unas nuevas y mejores viviendas al tiempo que intentarán mantener intacta su fe. Con la ayuda de Luciana (Martina Gusman), una asistenta social, lucharán desde dentro para conseguir su objetivo, con todo lo que eso conlleva: el codo a codo con los residentes del complejo, sus ansias, sus problemas, y la corrupción de su entorno. Pero, por encima de ellos, los intereses políticos, la utilidad de la fe en los bajos fondos de la sociedad, y el compromiso con el prójimo. Elefante blanco retrata todo ello a través de las eficientes interpretaciones de Darín, Renier -colaborador habitual de otros de los responsables del mejor cine social, los hermanos Dardenne- y Gusman. Pero todo se cae a cachos: Nicolás ve cómo su fe se destruye tras su misión anterior en un asentamiento indígena en la Amazonia peruana, Julián se enfrenta a la jerarquía eclesiástica y su conciencia social, entre epifanías -del sacerdote real en el que se inspira la película, el Padre Múgica- y enfermedades, y Luciana llega a un punto de no retorno con la frustración en su trabajo. Trapero sitúa a sus personajes en medio de un crudo realismo que se interpone continuamente en su camino, que los condiciona y los sacude, a veces hasta límites extremos. El realizador lo hace evitando esa condescendencia que a veces lastra este tipo de cine, y, sin llegar a lo más profundo de los debates personales de los personajes, ejemplifica a través de ellos la pérdida de rumbo tanto de la sociedad como de cada uno de sus individuos. La apelativa temática del film ha conseguido colocarlo durante muchas semanas como lo más visto en su país de origen, y ya es la película argentina más vista del año. Elefante blanco es una nueva muestra del talento cinematográfico de Trapero, de su compromiso social y sus cuestionamientos. Aquí, seguimos una premisa: si todo se desmorona, ladrillo a ladrillo -o nunca ha estado siquiera de pie-, ¿qué se puede hacer?

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