En la edición del año pasado del Festival de Cannes, una de las más sólidas de los últimos tiempos, no solo brilló la sección oficial: la paralela Un Certain Regard también deslumbró. Ahí estuvieron, por ejemplo, las luces de Martha Marcy May Marlene, de Sean Durkin, Miss Bala, de Gerardo Naranjo, ¿Y ahora adónde vamos?, de Nadine Labaki, Las nieves del Kilimanjaro, de Robert Guédiguian o Elena, de Andrei Zvyagintsev, que llegará proximamente a nuestras pantallas; sin lugar a dudas, de lo mejor del año. Pero el palmarés no lo lideró ninguna de las películas mencionadas, sino que fue a parar a dos títulos que pasaron más desapercibidos.
Arirang, el ejercicio autobiográfico a caballo entre el documental y la ficción del reputado cineasta coreano Kim Ki-Duk, y Stopped on Track, el séptimo título del realizador alemán Andreas Dresen, compartieron ex-aequo el premio a mejor película de la sección. Un galardón dividido entre la exploración estilística de Kim y, como contrapunto, la exposición realista de Dresen, supuso un estupendo díptico de los caminos que debería seguir el cine para evolucionar: explorar nuevos modos de crear, pero manteniendo los pies en la tierra. Andreas Dresen, representante de la llamada -de manera algo imprecisa- Escuela de Berlín, junto a realizadores como Christian Petzold, Maren Ade o Ulrich Köhler, retrata precisamente eso en su Stopped on Track: más incluso que una historia con los pies en la tierra, una historia que es la pura existencia terrenal.
La cinta narra la vida de Frank (un entregado Milan Peschel), un padre de familia cuarentón al que el médico diagnostica un tumor cerebral imposible de extirpar, al que le quedan solamente unos meses de vida, sin oportunidad de escapar y sin esperanza. Frank tiene así que ocuparse de poner toda su vida en orden, su mujer y dos hijos, sus amigos, sus compañeros de trabajo y su demás familia. Pero, sin avisar, llega el momento en el que son todos ellos los que se ocupan de él. Stopped on Track (Parado en marcha) es el retrato de una vida que descarrila, que se ve conscientemente envuelta en la debacle que es la enfermedad terminal, y abocada a su irremediable final. El espectador asiste a la caída de Frank, a la evolución de su cáncer y al consecuente sufrimiento de su familia, en un día a día del que, como de la vida, no se puede escapar. El protagonista guía su viaje a través de lo que recoge con su iPhone,
limitándose a aceptar lo que llega, grabando y mirando a los ojos a su destino. Excepto dos detalles oníricos de su guion -la personificación de su tumor en la televisión y la radio-, no existe el espectáculo en Stopped on Track. Dresen propone una naturalista e hiperrealista visión del tema más susceptible de caer en el más frívolo sensacionalismo: todo se retrata fielmente, todo atiende al crudo devenir de realidad. La película del realizador turingio encuentra su mayor virtud en su mirada documental, que, como daños colaterales, provoca en algunos momentos el desenfoque de la narración y la excesiva intensidad emotiva. Sin embargo, Stopped on Track es un trabajo notable, y el haber triunfado en Cannes y los recientes Goya alemanes, los premios Lola (mejor película, director, actor principal y secundario) es un más que merecido reconocimiento.










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