La huella imborrable del primer amor

Mia Hansen-Løve es el nombre de una de las jóvenes realizadoras más importantes del cine europeo, por no decir la más importante. Con 31 años recién cumplidos ha dirigido ya tres películas. Las dos primeras, Todo está perdonado (2007) y El padre de mis hijos (2009), pasaron por las secciones paralelas del Festival de Cannes (la Quincena de Realizadores y Un Certain Regard, respectivamente) y allí recibieron el favor de la crítica especializada, que vio en Hansen-Løve el talento y el saber hacer propios de una cineasta con años de oficio. Con su último trabajo, Un amour de jeunesse (Primer amor) (2011), que llega por fin a los cines españoles, consiguió una mención especial en el Festival de Locarno y una vez más mereció el aplauso prácticamente unánime de la crítica mundial.

Una de las claves del cine de Hansen-Løve es su pasmosa naturalidad a la hora de tratar sentimientos, sus personajes son seres sensibles que en buena parte se mueven por emociones. La cineasta consigue transmitirnos esa sensación sin resultar forzada y sin sobredimensionar la carga dramática que ello implica. En Un amour de jeunesse la protagonista es Camille (Lola Créton), una adolescente de 15 años que se enamora de Sullivan (Sebastian Urzendowsky) un chico de 19. Cuando la relación de ambos está en su mejor momento, Sullivan decide abandonar sus estudios y marcharse con un grupo de amigos a recorrer América Latina. La marcha de su primer novio deja a Camille destrozada y a medida que el metraje transcurre somos testigos del largo proceso que le lleva a recuperarse y a volver a encontrar el amor y el equilibrio con Lorenz (Magne-Håvard Brekke), un arquitecto que actúa a la vez como su mentor profesional. Cuando todo parece ir bien en la vida de la protagonista, Sullivan vuelve a aparecer en escena y hace despertar en ella antiguos sentimientos que parecían olvidados.

Hansen-Løve nos cuenta la evolución personal y sentimental de Camille sin ningún tipo de artificio, la cámara observa a la joven como un testigo mudo y gracias al gran trabajo de Lola Créton, que con sus miradas dice más que con cualquier diálogo, entendemos al instante la naturaleza de las emociones que la protagonista experimenta. Un amour de jeunesse es una película de ritmo pausado, que no lento, las cosas se suceden sin que apenas nos percatemos, el tiempo pasa al son de canciones de Violeta Parra y nosotros, como espectadores, nos dejamos llevar hasta el final, hipnotizados por la suave luz que lo inunda todo en la casa campestre en la que Camille se refugia. Estamos ante la confirmación del enorme talento de Mia Hansen-Løve, un nuevo paso con el que demuestra tener una mirada profunda e inquieta, con una madurez y una inteligencia que no hacen más que aumentar nuestro interés sobre del futuro de su carrera.

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