Tres miradas del cine español que no se deberían perder de vista

¿Está el cine español de capa caída? Los recortes presupuestarios han dejado noqueada a la industria cinematográfica nacional. Los peores augurios se consolidaron en forma de supresión de un 35% del presupuesto del Fondo Nacional de Cinematografía tras el anuncio del Ministerio de Hacienda el pasado 3 de abril. Y dicho fondo, de donde salen las ayudas a la producción de las películas, no fue la única víctima del tijeretazo al séptimo arte. El Instituto de Cinematografía y las Artes Audiovisuales también ha visto cómo perdía la misma cantidad de financiación, instaurando un devastador panorama que caracterizará la producción española durante los próximos años. Los proyectos verán como las ayudas no se llegarán a conceder, más allá de ese polémico apoyo financiero a las películas que ya han tenido su éxito en las taquillas, y de esa también polémica ley de mecenazgo que a duras penas podrá sustituir lo que ya se ha perdido. Y cómo no, el cine de autor dirigido al pequeño público es el que más sufre, y el que más sufrirá. El problema es que en España hay buena materia prima, que ya está pasando desapercibida en la actualidad, y que encontrará muchos más obstáculos a partir de ahora para sacar adelante su trabajo. Existen autores conscientes de que es necesario desmarcarse de lo establecido por el adormecido mercado, y emprender una búsqueda para encontrar los resultados deseados. Y a veces esa búsqueda va acompañada del -relevante- éxito en taquillas (recientes ejemplos como el de Jaume Balagueró en Mientras duermes, Paco Plaza en Rec 3 o Nacho Vigalondo en Extraterrestre), pero otras, no tanto (como Las olas, de Alberto Morais, Los pasos dobles, de Isaki Lacuesta, o incluso Iceberg, de Gabriel Velázquez, aún sin distribución). Sin embargo, estos últimos títulos son los que disfrutan de los más aclamados periplos festivaleros (en los ejemplos anteriores, Moscú, San Sebastián -nada menos que su Concha de Oro- y Gijón) y de mayor presencia en los círculos de críticos. En estas semanas se han puesto de actualidad otras tres miradas de autores que buscan, y que demuestran con cada entrega de su obra que no se conforman con lo estipulado. Los tres tienen algo en común: sus últimas películas o proyectos han sido seleccionados en importantes festivales de todo el mundo (Sundance, Cannes y Tribeca, respectivamente). David Trueba, Manuel Martín Cuenca y Alberto Rodríguez están dando buena cuenta, cada uno a su diferente modo, de que en el cine español hay algo que se revuelve y que puede llegar muy lejos, si el hachazo financiero que está la industria a punto de sufrir se lo permite.

La semana pasada llegó a los cines Madrid, 1987, la última apuesta del madrileño David Trueba, que ya venía avalada por su inclusión en la sección oficial del pasado Sundance. En su interesante creación, filmada casi sin presupuesto y sin distribuidora, indaga sobre los cambios sociales en España a través del encierro de un día y medio en un baño público de un veterano articulista (José Sacristán) y una estudiante universitaria (María Valverde). Trueba da pie a un enfrentamiento generacional y un interesante discurso: ella forma parte de las personas que se encontraron en los ochenta con una democracia ya consolidada, mientras que él forma parte de los que ya se encontraban ahí y que venían de conseguirlo todo. El responsable de las aclamadas La buena vida (1996) y Soldados de Salamina (2003), sus búsquedas interiores y exteriores de personajes perdidos en los misterios ya sean de la adolescencia o de la Guerra Civil, vuelve a enseñarnos una sencilla y madura mirada que supone el ascenso de un nuevo escalón en su estimable filmografía. Y es que, tras su incursión en la televisión con la serie para Canal + ¿Qué fue de Jorge Sanz? (2010) Trueba depura su estilo y lo demuestra con una cinta que, sin embargo, ha contado con una escasa distribución en cines, sin duda, otro obstáculo para la creación más minoritaria.

Sin duda alguna, la visión más arriesgada de los tres autores a los que les echamos un vistazo es la que ha revelado Manuel Martín Cuenca en su última y sorprendente La mitad de Óscar (2010), y que parece que va camino de afianzarse con su nuevo proyecto, Caníbal. De hecho, este ha sido seleccionado para formar parte este año del Atelier de la Cinéfondation, el prestigioso foro de coproducción de Cannes. Las razones que tenemos para estar interesados en este film que hablará sobre el mal, el amor y la redención de una persona con hábitos deleznables no son pocas, y especialmente tras La mitad de Óscar, que sorprendió a su paso por Gijón, y antes de ello, en el Festival de Toronto. Y aunque no lo dejaba ver de manera muy clara con sus primeras y apreciables La flaqueza del bolchevique (2003) y Malas temporadas (2005), en su más reciente film demostró un inaudito poder autorial, con el que revolvía las entrañas de una historia oculta entre dos hermanos (Rodrigo Sáenz de Heredia y Verónica Echegui) a través de silencios, elipsis y errantes escenas contemplativas. Martín Cuenca es ahora un rara avis en el cine español, que solo puede ser comparado con autores como Jaime Rosales -que a su vez también suena para pisar la Croisette dentro de un mes-, al que no debería nadie perder de vista.

Y, como contrapunto a estos ejemplos de cine de calidad que pasa más desapercibido de lo que debería, también hay alguno que consigue el éxito que se merece en taquilla. Grupo 7, de Alberto Rodríguez, llegó la semana pasada a las salas de cine españolas consiguiendo despertar el interés del gran público. Llegará también dentro de poco al emergente festival de cine de Tribeca, en cuya sección oficial está incluida, y que comenzará este mismo miércoles, 18 de abril. Es cierto que su apuesta no es tan arriesgada como la de los anteriores autores, pero dista bastante de ser una película sin interés. Grupo 7 es, pues, una sólida muestra de género policiaco, que ha recibido grandes halagos por parte de la crítica, y afianza la mirada de Rodríguez, que ya se atisbaba con sus anteriores El factor Pilgrim (2000, codirigida por Santi Amodeo), 7 Vírgenes (2005) o After (2009). El televisivo Mario Casas es, junto al imprescindible Antonio de la Torre, el centro del retrato del Grupo 7, un conjunto de policías sin escrúpulos, dispuestos a todo con tal de lograr sus objetivos. Un guion pulido, unos personajes con fondo y una tensión muy lograda hacen de lo nuevo de Rodríguez una buena prueba del cine de género patrio, como ya hizo el año pasado la galardonada No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu.

Ciertamente, los resultados de las películas son muy dispares, pero algo está claro: si no se apoya a la creación no habrá ningún resultado que comparar. ¿Nos quedaremos con lo puesto en el cine español? Esperamos que no, pero de momento, tenemos motivos por los que mirar hacia dentro, y no deberían ignorarse.

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2 Respuestas a “Tres miradas del cine español que no se deberían perder de vista

  1. Si algo no extraña, es que recorten las ayudas a esta industria. No en vano, durante muchos años se ha dedicado a despilfarrar dinero publico en producciones que no interesaban a nadie. De calidad, mas bien dudosa y con el único aliciente de ser partidarias de una idea. En muchos casos mas cercana a la política que a la mera industria cinematografica.

    De ahí, que quizas cuando esto empieza a cambiar y directores que si tienen algo que decir empiezan a repuntar. Llega el final del baile, del que muchos chuparon y vivieron bastante bien durante demasiado tiempo. Justos por pecadores que se podria decir.

    • Efectivamente. Y ahora se verá cómo pinta la cosa tras el gran recorte. Probablemente el mayor fallo de la legislación española sea la ayuda a las películas que han tenido éxito en las taquillas, esas subvenciones a la amortización que se conceden para que apoyar a películas claramente dirigidas al gran público y que ya han conseguido sus objetivos financieros. Y así, se perderá en su totalidad el presupuesto destinado a que los nuevos proyectos más minoritarios vayan adelante. En estos momentos, saber cómo pintará el futuro es, cuando menos, inquietante.

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