La infernal condición humana

Fausto. La leyenda alemana sobre un exitoso sabio insatisfecho con su vida que hace un trato con el diablo, al que le cede su alma a cambio del conocimiento ilimitado y los placeres mundanos. Una historia sobre la condición humana, el poder, la ambición, la existencia, lo conocido y lo desconocido, lo inferior y lo superior, lo existente y lo inexistente, lo moral y lo inmoral, lo lógico y lo ilógico, lo material y lo etéreo, lo terrenal y lo celestial. Una historia sobre todo que vertebra la última cinta del cineasta ruso Alexander Sokurov, un autor contemporáneo cuya obra es tan relevante como hermética. Treinta y tres filmes componen su filmografía desde su debut en la era soviética (concretamente en 1987) tras ser discípulo del gran Andrei Tarkovsky, con Dolorosa indiferencia -un título que ya dejó entrever el estilo de su obra-, hasta su última Fausto, la que ha merecido el mayor reconocimiento de su carrera hasta el momento, haciéndose con el León de Oro en el pasado Festival de Venecia. Sokurov es responsable de documentales como Una vida humilde (1997), Confesión (1998) o obras sobre personajes como Hubert Robert, Rostropovich o Shostakovich; y ficciones como Madre e hijo (1997, su primera película aclamada internacionalmente), El arca rusa (2002) o Padre e hijo (2003). Fausto es, por su parte, el fin de la tetralogía sobre el poder que Sokurov comenzó con Moloch (1999, sobre Hitler), Taurus (2000, sobre Lenin) y El sol (2004, sobre el emperador Hirohito). Y es interesante que haya sido el mismo Vladimir Putin, icono del poder ruso y amigo del propio Sokurov, el que haya encontrado la financiación de la película a través de la Fundación para el Desarrollo de los Mass Media de San Petersburgo, tras una visita del director a la casa de campo del mandatario, según publicó AFP.

Y esto es lo que nos ocupa. ¿Es Sokurov capaz de firmar algo relativamente ligerito? Aparte de que su carrera parece ya casi completa, lo vemos difícil. El petersburgués es responsable de una de las filmografías más complicadas y densas del cine contemporáneo, y en Fausto, su estilo cinematográfico llega a su máximo exponente, con todo lo que eso supone. Su obra parte de las adaptaciones de la leyenda de Goethe y Mann, para crear él mismo su propia adaptación, con un resultado tan único como desconcertante. La película desciende desde el cielo para llegar a un pueblo del siglo XIX dividido entre el bien y el mal, y acabar en un infierno más terrenal de lo esperado. Y el film es un continuo diálogo, una densa lucha retórica y filosófica entre Fausto (interpretado por el alemán Johannes Zeiler) y Wagner, y mediada la historia, entre Fausto y el misterioso prestamista: el diablo (el ruso Anton Adasinsky). Fausto necesita dinero para sus investigaciones, y, posteriormente, se enamora de una campesina (la cándida Isolda Dychauk), pero nada es más que una excusa para divagar sobre la humanidad con el personaje al que ha entregado su esencia: el diablo. Es este el personaje pivote de la historia, personaje que concentra a la perfección el bizarrismo del conjunto ideado por Sokurov: un monstruo deforme que se origina en lo humano y lo normal, pero que acaba por formar algo totalmente diferente e irritante. Y con estos patrones, Sokurov consigue desatar en la pantalla un tour-de-force de dialéctica, filosofía, moralidad, confusión y cuestionamiento, que lleva la narración de un lado a otro, mareándola y despojándola casi de sentido, para llegar a un final tan atronador como impresionante. Pero el ruso peca de grandilocuente y ensimismado en su arte: sus obras tienen tanto peso que, en algunos aspectos, se caen sobre sí mismas. Su estilo es tan poético como forzado: la mayor parte de la obra está hecha en largos planos secuencia; las distorsiones de la imagen -rasgo característico de la obra de Sokurov- desconciertan innecesariamente; y la sobreposición de las voces de los personajes -que no cesan de hablar en casi ningún momento- sobre el sonido natural, resaltando la teatralidad del conjunto, transportan al espectador casi al interior de la cabeza de los protagonistas, en donde retumban los sonidos más que se aclaran. Pero así es Sokurov.

Con este título, sin duda su obra más extrema, el cineasta alcanzó su mayor éxito: el mayor galardón en un festival de clase A, tras haber sido prácticamente despreciada por la crítica y encumbrada por Darren Aronofsky -el presidente del jurado de Venecia- como la cinta que más conmovió del certamen, por encima de Shame, de Steve McQueen, la que sigue siendo la virtual ganadora del festival a ojos de la crítica y la prensa. El resultado de Fausto es muy interesante, pero apabulla a niveles tan grandes que es difícil pensar con claridad tras su último fotograma. Sin duda, es una película objeto de amores y odios desorbitados, tan complicada y particular que quizás solo Sokurov habría podido firmarla. ¿Pero es eso, en este caso, algo bueno?

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