La invención de Scorsese (y Méliès, y los Lumière…)

Este año la edición de los Oscar viene marcada por una temática que caracteriza las dos grandes corredoras de la noche. Tanto la gran favorita The Artist, del francés Michel Hazanavicius -que ha arrasado en los BAFTA y los Globos de Oro- como la segunda apuesta, La invención de Hugo, de Martin Scorsese, vaca sagrada del panorama hollywoodiense, nos ofrecen sentidos y luminosos homenajes a los comienzos de algo tan importante -y maravilloso- como es el séptimo arte. The Artist es la película francesa que se adentra en el Hollywood de los años 20 y 30 que se ve patas arriba tras la llegada del cine sonoro, y La invención de Hugo es la película hollywoodiense que se adentra en la Francia de principios de siglo, donde nacen las raíces del arte cinematográfico, y donde sus padres vivieron, trabajaron y crearon, con infinitas consecuencias, el cine que hoy conocemos, su técnica y su ciencia, y sin los cuales ninguno de nosotros estaríamos hablando de él en este momento. Si la Academia americana elegirá a una cinta por encima de otra es un tema aparte, aunque parezca que ya está todo dicho, ¿podrá el homenaje de Scorsese a Méliès y a los Lumière con el de Hazanavicius a todo el cine mudo?

La invención de Hugo es la historia de Hugo (Asa Butterfield), un niño huérfano que vive escondido en la estación parisina de Montparnasse, en donde se ocupa de mantener todos sus relojes en buen funcionamiento. El responsable de la estación lo acecha constantemente con la intención de llevarlo al orfanato, pero Hugo tiene muchas cosas que hacer que no podría llevar a cabo de ser arrestado: su padre le dejó un misterioso robot al que le falta una pieza para funcionar. Dicha pieza vendrá de la mano de Isabelle (la prometedora Chloë Moretz), ahijada de un desdichado juguetero de la estación llamado, casualmente, Georges Méliès. A partir de ahí, Martin Scorsese, que adapta fielmente la novela La invención de Hugo Cabret, del aclamado escritor de literatura infantil Brian Selznick, comienza su homenaje al “gran mago del cine”, ahondando en esa vertiente de su obra que lo ha llevado a firmar trabajos metacinematográficos como Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano (1995) o el reciente Una carta a Elia (2010), en los que, como buen cinéfilo, indaga en la historia de este arte que nos ocupa, y a la que se le debe todo. Pero, tanto en esta faceta como en cualquier otra de su filmografía, por primera vez, una obra suya recibe la etiqueta de cine familiar. Y no es de extrañar, dada la novela que se adapta; pero, aún así, los placeres que se hallan en ella no son solo aptos para niños.

Scorsese realiza con esmero, talento y corazón una película que forma con las aventuras de sus protagonistas, a imagen de los engranajes de los relojes que maneja Hugo, y tal y como los sueños son la maquinaria que permite al séptimo arte funcionar. Y Scorsese, al igual que Selznick, sabe muy bien lo que tiene entre manos: la impresionante historia real de la vida de Georges Méliès, el padre del cine fantástico, que tras realizar obras imprescindibles para la historia del cine, como El viaje a la luna (1902), se vio obligado a recluirse trabajando en una pequeña tienda de la estación de Montparnasse tras la bancarrota de su estudio durante la I Guerra Mundial. La magia de Méliès brota en cada fotograma de la película, y es ahí en donde se aprecia su gran calidad: ver a Méliès (interpretado por el siempre correcto Ben Kingsley) en pleno trabajo y la reconstrucción de sus obras es más que delicioso, y la manera en la que se inserta en el argumento es simplemente estupenda. Y como lo era la de las películas del genio de principios de siglo, la factura técnica de La invención de Hugo es envidiable. El italoamericano elige La invención de Hugo para ser su primera obra en 3D, esa panacea de la industria cinematográfica cuyos recursos no se están explotando correctamente salvo honrosas excepciones, tras la idea de su hija de 12 años, y su propia decisión de inclinar la obra hacia ese curioso pero difícil mundo del cine infantil. Ciertamente, esta película no es una obra capital en la filmografía de Scorsese, pero es, sin duda, un divertimento de calidad capaz de despertar las mejores sensaciones en el espectador, y que probablemente solo él habría sido capaz de firmar. Si se le puede reprochar algo, podría ser un exceso de complacencia, edulcoración y una ligera superficialidad, aunque, precisamente, estos mismos son los aspectos que también lastran The Artist, su otra gran competidora de la temporada. Parece que el 2012 ha supuesto en el cine una vista atrás a sus orígenes, algo siempre necesario: es indispensable saber de dónde se viene para saber a dónde se puede llegar.

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