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Películas, Comentarios

El salto al vacío de un maestro del cine

Ayer se entregaron los Bafta y, en una temporada de premios un tanto aburrida, la gran sorpresa corrió a cargo de Pedro Almodóvar. Contra todo pronóstico, La piel que habito se alzaba como vencedora en la categoría de mejor película extranjera. El galardón no es el primero para la cinta, en Estados Unidos los críticos de Florida, Phoenix y Washington D.C., entre otros, la eligieron como el mejor film en lengua no inglesa del año. Es una pena que ante tanto reconocimiento, al que habría que sumar unas cuantas nominaciones más, la última obra de Almodóvar no tenga ninguna posibilidad de hacerse con el Oscar, al decantarse la Academia de Cine española por la muy buena Pa Negre (2010, Agustí Villaronga) para competir por la estatuilla dorada. La atención de Almodóvar y su equipo debería estar centrada en los premios Goya que se entregan el domingo: La piel que habito acumula un total de 16 nominaciones y es, a priori, la clara favorita en unas cuantas categorías. En los35milímetros creemos que sería justo que la cinta se llevase un buen número de cabezones, es nuestra favorita y tenemos razones de sobra. La piel que habito es el trabajo de un director que lo ha conseguido casi todo, ha rodado 18 películas y tiene una legión de seguidores que  convierten cada uno de sus estrenos en un fenómeno cinematográfico. Sus compañeros le han demostrado su respaldo en numerosas ocasiones: dos Oscar, el premio al mejor director y al mejor guion del Festival de Cannes y un buen número de Goyas, entre otros muchos reconocimientos, dejan claro que el manchego disfruta de una posición privilegiada. Un síntoma claro de que Almodóvar es uno de los grandes es el revuelo que sigue a cada uno de sus estrenos, la crítica no suele ponerse de acuerdo y se divide entre aquellos que lo consideran un auténtico maestro y los que no ven ni un ápice de genialidad en sus creaciones. Con todo esto a sus espaldas, con la tranquilidad que debería suponer haber alcanzado el éxito en numerosas ocasiones, Almodóvar ha decidido no dormirse en los laureles y lanzarse al vacío con La piel que habito. Solo por el riesgo y el valor que implica atreverse a realizar un trabajo tan radical el director de Todo sobre mi madre (1999) o La mala educación (2004) se merece toda nuestra admiración.

La piel que habito parte de Tarántula, una novela del francés Thierry Jonquet que Almodóvar ha adaptado libremente para aportarle su sello personal: cuenta la historia de un cirujano que tras perder a su mujer en un accidente de coche se lanza a investigar sobre la piel humana en una cobaya que llegó a su vida de la manera más indeseable. Con referencias como Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock o Los ojos sin rostro (1960) de Georges Franju, el cinéfilo cineasta construye una pieza artesanal que sin necesidad de comparaciones se erige como una película total, una obra maestra de un director curtido en todos los géneros que ha alcanzado la madurez necesaria para afrontar su proyecto más arriesgado. En manos de cualquier otro el material con el que se construye La piel que habito se habría convertido en un auténtico desastre. Pero eso es lo fundamental: Almodóvar ha alcanzado un punto en su carrera en el que las películas que hace son exclusivamente suyas, en el que su estilo es único y nadie excepto él podría crear una obra así; y eso es un valor en sí mismo. A estas alturas serán pocos los espectadores que no se hayan dejado llevar por la historia de Vera, Vicente y el doctor Ledgard -y los que no lo hayan hecho deberían evitar conocer cualquier cosa sobre ella-. Es necesario enfrentarse a La piel que habito sin ideas preconcebidas y sin saber demasiado sobre sus protagonistas, ya que gran parte de su fuerza reside en el proceso que lleva al público a conocer todas las aristas del complejo entramado que une a los personajes. Ese proceso se convierte en apasionante gracias al gran trabajo realizado por todos y cada uno de los miembros del reparto. Si antes hablábamos de la madurez de Almodóvar, también es destacable la sorprendente revelación que supone el trabajo de Antonio Banderas. Tiene mucho mérito que un actor de más de 50 años, que lleva media vida haciendo películas sea capaz de demostrar lo mejor de sí mismo a estas alturas de su carrera; el doctor Ledgard no podría tener otro rostro, Banderas sobresale en la que es probablemente su mejor interpretación. A su lado brilla la maravillosa Elena Anaya, una actriz que hace nada era una promesa del cine español y que aquí demuestra que es una de las mejores de su generación, su entrega a Vera, su mezcla de fuerza y vulnerabilidad y su capacidad para expresar cualquier cosa con apenas una mirada convierten su trabajo en uno de los mejores que el cine español haya presenciado nunca. En el resto del reparto rostros veteranos (Marisa Paredes) y nuevos intérpretes (Jan Cornet y Blanca Suárez) consiguen destacar y aportar su parte a un conjunto que encaja como las piezas de un puzzle. A nadie debería sorprender ya la maestría técnica que las películas de Almodóvar muestran, objeto de halagos de prensa y crítica de todo el mundo, y sin embargo es inevitable que nos emocionemos con la genial banda sonora de Alberto Iglesias -injustamente marginada en la temporada de premios- o la impecable fotografía de José Luis Alcaine. Todo funciona en La piel que habito, todo alcanza un nivel que roza la perfección, solo la roza porque una película de Almodóvar nunca aspira a ser perfecta: eso es algo que las obras de arte no necesitan.

Es difícil prever que pasará en la gala de los Goya; la relación entre la Academia y Almodóvar da para escribir un libro, ya que el director ha vivido grandes noches de éxito pero también ha sido completamente ignorado en algunas ocasiones. El próximo domingo tendrá rivales de altura y los premios van a estar muy disputados. En nuestra opinión, hay unas cuantas -y no pocas- categorías que indiscutiblemente deberían ser para el equipo de la película, pero, claro está, nunca llueve a gusto de todos, y mucho menos, cuando se trata de una obra como La piel que habito, tan difícil como meritoria, tan vapuleada como adorada, tan radical como sublime. En definitiva, una obra de Almodóvar, pura y dura.

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Comentarios

2 comentarios hacia “El salto al vacío de un maestro del cine”

  1. Completamente de acuerdo. Una obra maestra sin concisiones.

    Publicado por Alberto | febrero 13, 2012, 4:48 pm
  2. Nosotros también lo creemos, seguro que hay unos cuantos que piensan todo lo contrario. Es lo que tiene Almodóvar.

    Publicado por los35milimetros | febrero 13, 2012, 9:12 pm

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