Fue, pese a quien pese, el evento cinematográfico del año. Terrence Malick, el misterioso -y brillante- director texano que creó dos de las películas más interesantes de los 70, Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978) para retirarse y tardar 20 años en sacar su película más laureada -hasta el año pasado-, La delgada línea roja (1998), tras la cual estrenó con una tibia recepción El nuevo mundo (2005), llevaba tiempo trabajando en su ambicioso proyecto, una cinta titulada El árbol de la vida, de la que poco se sabía. Tras estar anunciada mucho tiempo, la edición de Cannes del 2011 escribió su nombre en mayúsculas: El árbol de la vida llegaba a la Croisette, envuelta en la expectación más grande que una película había creado recientemente -y haciéndose con la codiciada Palma de Oro-. Y claro, como todo lo que nos llega así, su recepción es, cuando menos, intensa: tanto entre la crítica como entre el público, el -gran- bebé de Malick suscitó las más variadas opiniones, desde el rechazo más ferviente a su pretención pasada de rosca hasta la alabanza más pasmada ante la impresionante creación cinematográfica que el texano había firmado. Pero no se equivoquen, ni El árbol de la vida es una obra exclusiva para críticos o cinéfilos ni está contraindicada para el público menos entrenado -aunque aquellas grandes noticias sobre el público de una de sus proyecciones que pidió la devolución de su dinero a mitad de la película o sobre la proyección que se hizo al revés sin que nadie se diese cuenta nos hayan asombrado a todos-, la consternación o la admiración tras su estreno estuvo totalmente generalizada. Y eso, no lo consigue una película cualquiera. Solo uno de los mayores acontecimientos del celuloide actual. Y, en contra de lo esperado, los Oscar han sabido darse cuenta de ello, incluyéndola entre las nominadas a mejor película y mejor director. ¿Tendrá alguna opción?
Poco se puede contar ya que no se sepa de El árbol de la vida. Malick concibió su gran proyecto en dos fachadas tan diferentes como complementarias: primero, la microhistoria de la vida del niño Jack (interpretado por el joven Hunter McCracken) y sus hermanos, que crecen en su familia de la América de los años 50, con su tierna y amorosa madre (papel que nos descubrió a la estupenda Jessica Chastain) y su severo y estricto padre (un Brad Pitt digno de elogios), a través del flashback de un errante Jack adulto (interpretado por Sean Penn) y, segundo, la macrohistoria de la creación del universo, de todo lo que existe, y, por tanto, de la vida, tal y como la conocemos. La película dramatiza con un prodigioso talento dicha creación del cosmos, de las estrellas y las nebulosas, de la Tierra y de sus diferentes eras, de la naturaleza, de lo que existe: su lirismo es fascinante y su poderío visual es arrebatador -algunas de las imágenes que nos ofrece son lo mejor que se ha visto últimamente en una pantalla de cine-. Y la película dramatiza con un prodigioso talento la historia de la familia de la Texas de mediados del s. XX, en cuyo día a día nos introduce con una impresionante frescura, en donde se nos enseñan las maravillas de las cosas pequeñas que forman nuestra vida: un bebé que empieza a dar sus primeros pasos, una madre que juega con sus hijos o incluso la luz de la mañana entrando en las habitaciones de un hogar. Malick juega con la gracia de la existencia, ya sea la de un cometa perdido en el universo o la de un insecto que se posa en las manos de los personajes. Para ello, su cámara deja de ser una cámara para pasar a ser una exhalación que recorre todo lo que vemos sin decisión alguna, que se deja llevar y que consigue cosas maravillosas.
La cinematografía, obra de Emmanuel Lubezki, es imprescindible en el impresionante resultado final del film, y junto a ella, la música, trabajo de uno de los compositores más importantes del cine actual, Alexandre Desplat, apoya a Malick en su particular misión. El director utiliza su ambición -ilimitada, a juzgar por esta obra- para intentar captar una fuerza sobrenatural, como si la vida dependiese de un gran alma que se podría equiparar a la deidad religiosa -la película comienza con una cita del Libro de Job-, pero lo hace desde un punto de vista tan interesante en el que reducir su trabajo a un ejercicio de fe es alarmantemente simplista.
El árbol de la vida es, ante todo, una película diferente, con pocas similitudes con lo que sale de la industria cinematográfica americana: Malick ya lo venía avisando durante su obra con la pérdida de la concepción narrativa de sus películas en pos de una mucho más lírica y evocadora. La ganadora de la Palma de Oro, y ahora nominada a mejor película en los Oscar, es el cénit de su estilo autorial: sería al cine narrativo lo que en la literatura la poesía es a la prosa. Es un bello y místico homenaje a la existencia, en el que hablar de aburrimiento, de escasez de acontecimientos o de falta de interés de la trama queda algo fuera de lugar. La película no está creada para competir en dichos parámetros, sino en otros totalmente diferentes. El árbol de la vida nace de la pretensión de un director, sí, que puede resultar tan sorprendente como aborrecible, pero en todo caso, necesaria: nunca se ha hecho algo como esto en el cine aparentemente comercial y es difícil que se vuelva a hacer -al menos en un futuro cercano-. Terrence Malick ha demostrado con creces merecerse una Palma de Oro, imprescindible para colocar este título donde se merece, en el lugar de los experimentos más grandiosos del cine actual. Puede ser que estemos diciendo demasiadas maravillas sobre un film, pero es que con películas como esta, nos dejamos llevar. Y mucho.










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