Álex de la Iglesia juega en la primera división de la liga de directores del cine español. Después de dos décadas haciendo películas puede presumir de tener un público fiel que disfruta de su personal estilo, identificable por su fuerza, sus personajes al límite y su barroquismo estético. Sus años de trabajo le han reportado el respeto de la crítica y de sus colegas de profesión. Su último estreno, La chispa de la vida, formará parte de la próxima edición del festival de Berlín, con una proyección especial fuera de concurso. Después de su ruidosa salida de la Academia de Cine el año pasado, el director bilbaíno no ha querido perder el tiempo y se ha puesto a trabajar para dejar claro que para que hablen de él la basta con hacer buenas películas.
Lo que La chispa de la vida ofrece es algo más de una hora y media de entretenimiento sin renunciar a plantear unas cuantas ideas para hacer que el espectador reflexione sobre lo que ha visto y su relación con el mundo en el que vive. La cinta nos sitúa ante un panorama que nos suena mucho, un hombre que rebasa los 40 lleva años sin trabajar y ve como la vida que ha disfrutado durante mucho tiempo está a punto de irse al traste. Sumido en una crisis que va más allá de lo económico, huye como movido por un impulso hacia un lugar en el que un lejano día fue feliz. Lo que se encuentra cuando llega al lugar que recordaba perfecto le hace darse cuenta de que ya nada es como era antes y, en medio de la decepción, sufre un aparatoso accidente que lo deja inmóvil, tumbado en el suelo, con un hierro clavado en la parte posterior de su cabeza. Es ahí donde empieza la parte más interesante. De forma casi instantánea una nube de periodistas y curiosos rodea a este pobre desgraciado, interpretado con convicción por José Mota, y convierte su tragedia en un espectáculo que se retransmite en directo a todo el mundo.
Con este material y a través de un reparto que cuenta con nombres tan importantes como Salma Hayek, Juan Luis Galiardo, Blanca Portillo, Fernando Tejero o Juanjo Puigcorbé; de la Iglesia se las apaña para construir un entramado de situaciones descabelladas que por absurdas que parezcan nos recuerdan demasiado a cosas que vemos a diario y que ya hemos aceptado como naturales. La chispa de la vida es a la vez un retrato íntimo de un pobre hombre que toca fondo y una visión panorámica sobre una realidad social en la que el morbo, la falta de escrúpulos, la ambición y la insensibilidad van de la mano. Quizás se pueda acusar a la cinta de optar por lo tópico o lo esperpéntico en algunas ocasiones pero, más allá de eso, está claro que ofrece un rato de buen cine plagado de elementos que nos hacen disfrutar y ofrecen una visión preocupante de unas cuantas cosas de las que todos somos responsables.










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